Era poco más del mediodía. Ante nosotros aparecían como colosos dormidos, de altas chimeneas apagadas, Bonete Chico, Bonete Grande, Veladero y Piscis. Cercanos a los 7000 metros, cubiertos de nieves eternas que el sol hace brillar proyectándolos ante nuestros ojos como un engarce de diamantes, era la majestuosa Corona del Inca.
Producto de un antiguo gran volcán que colapsó sobre sí o acaso el resultado del impacto de un meteorito -no existe confirmación ni registro-, en su interior anida, a más de 5600 metros, la laguna navegable más alta del mundo.
Habíamos partido a las 3 desde Villa Unión (1140 m) en medio de una lluvia copiosa, para reunirnos en Vinchina (1450 m) con el resto del grupo y comenzar la travesía en 4x4 al interior de la Cordillera Riojana.
La noche mantuvo oculto hasta nuestro regreso el transitar por la quebrada de la Troya, por donde un río Bermejo discurre, zigzagueante, entre formaciones rocosas que descubren asombrosas formas.
A los 1854 m pasamos por Alto Jagüel, antiguo poblado a la vera de un pequeño río seco que ha socavado su cauce hasta dejar las casas en el alto. Continuamos por la quebrada del Peñón, que nos escondía la sorprendente belleza de sus montañas, donde los colores de los minerales parecen haberlas cubierto por finas capas de terciopelo azul, verde, amarillo, naranja, rojo y gris.
Con marcha lenta a causa de la lluvia, vadeando lo que usualmente son lechos de ríos secos y esquivando el desprendimiento de piedras sobre el camino, en un amanecer muy ventoso y con temperaturas cercanas a -10ºC, llegamos a la Reserva Natural de Laguna Brava (4230 m), de color azul zafiro rodeada de sal, hábitat de flamencos rosados y vicuñas.
Nos detuvimos para terminar de abrigarnos con todo lo que llevábamos y fotografiar ese paisaje andino puneño, tan bello y desolado como de implacable aridez.
Continuamos, dejando atrás el último vestigio de la presencia humana en esas latitudes: uno de los 13 refugios para arrieros de paso a Chile que Sarmiento mandó a construir, entre 1864 y 1873, como iglúes de piedra con una entrada lateral caracolada.
A los 4500 m, con los primeros rayos de sol sobre un lecho de cenizas volcánicas mezcladas con agua congelada, que por suerte facilitaba la tracción de las 4x4, paramos para un desayuno de refuerzo con bebidas calientes, galletas y pasas de uva.
La altura se empezaba a sentir y los primeros signos de apunamiento afectaban a algunos de nosotros. Al salir de las cenizas volcánicas las 4x4 comenzaron a transitar por un desfiladero con grandes piedras por donde se escurría agua de deshielo, poniendo a prueba la destreza y experiencia de los guías.
El paisaje cambiaba permanentemente sorprendiéndonos con sus colores, formaciones y omnipresencia, hasta que casi sin darnos cuenta las 4x4 transitaban por la nieve rodeada de penitentes (5600 m).
Era todo tan bello y continuamente deslumbrante que la Corona del Inca (5350 m) apareció ante nosotros como por arte de magia.
Fue un noviazgo corto pero intenso, para tomarnos fotos, escuchar anécdotas de los guías y saborear este momento tan mágico. Pero sobre todo para encontrarnos con nosotros mismos y disfrutar por un breve lapso de la grandiosidad del paisaje y del inmaculado silencio que nos hace sentir, a los humanos, en su verdadera dimensión frente a la naturaleza.