Si los aeropuertos son no lugares, como los definió el antropólogo francés Marc Laugé, ¿qué se podrá decir entonces de esas peceras para fumadores que hay en algunos de ellos?
Serían casi antilugares. Cajas llenas de humo dentro de un gran espacio impersonal, estandarizado, en el que los pasajeros circulan más o menos impasiblemente según una serie de pautas y circuitos establecidos.
El concepto es fuerte, pero la verdad que ni se me había cruzado por la cabeza cuando los otros días acompañé a un colega viajero a consumir un poco de nicotina en el último refugio para fumadores de Ezeiza, ahí, apenas pasando las cajas del Duty Free en el embarque internacional. Lo hice, en realidad, igual que podría saltar de un puente de cien metros atado de un elástico o comer insectos vivos en algún remoto rincón del planeta; no por placer, sino por la experiencia. Y, para qué negarlo, también un poco por aburrimiento.
Al principio, mi compañero, un agente de viajes español, no podía entender que quisiera entrar con él. Yo nunca fui fumador, para empezar. Pero se sabe que ni siquiera todos los adeptos al tabaco aceptan aventurarse en estas cabinas; muchos prefieren aguantarse las ganas antes que internarse en semejante sauna tóxico.
El español no era de estos últimos. Hasta llegar a Barajas, lo esperaban al menos catorce horas libres de pitillos, así que se resignaba a cualquier cosa con tal de aprovechar los últimos instantes de vicio.
Otros diez pasajeros pitaban sin parar en el pequeño lounge con bancos y ceniceros, y por alguna razón no del todo fácil de comprender, con paredes de vidrio, cual pecera llena de especies en extinción. "Hoy hay poca gente. Hombre, el otro día esto estaba tan repleto que para entrar debías cortar el humo con un cuchillo", observó el agente de viajes. Y enseguida giró como para entablar conversación con otro de los habitantes de este submundo en el corazón de Ezeiza, un aparente hombre de negocios argentino de unos 55, traje impecable, salvo seguramente por el olor a cigarrillo. "Pensar que llegué a terminarme un atado entero de Madrid a Buenos Aires -recordaba mi amigo-. Ahora el único español que fuma a bordo es Zapatero. Fuma LM Lights en el Falcon presidencial, igual que en La Moncloa, ¿qué me dicen? Lo han publicado todos los periódicos."
El probable ejecutivo evocaba los viejos buenos tiempos en que los fumadores se congregaban en el fondo del avión, zona que al final de un vuelo transoceánico debía estar más contaminada que los alrededores de la planta de Fukushima. "Pero hay que admitir que eso ya no podía continuar: doce horas encerrados con ese aire... Ya era demasiado", reflexionaba el español.
"¡Falso! -exclamó el argentino, como si de pronto se hubiera despertado por un ambiente ya verdaderamente insoportable-. El aire dentro del avión era muchísimo mejor cuando se podía fumar que ahora."
La idea sonaba arriesgada, pero el hombre tenía una explicación. Para él, la prohibición de fumar a bordo tenía un origen económico, no sanitario. "Cuando se fumaba, el aire de la cabina debía necesariamente renovarse todo el tiempo, lo cual era bastante costoso -comenzó a argumentar-. Al no haber más humo, las aerolíneas cambiaron de sistema y en vez de renovar el aire empezaron a reciclarlo. Un procedimiento más barato, pero para nada más sano: en este aire circulan alegremente los gérmenes de todo el mundo durante todo el viaje, cosa que antes no ocurría."
Para compartir teorías conspirativas, nada como una amable reunión en una cabina de vidrio llena de humo en medio de un no lugar.
Publicado por Daniel Flores / 24 de abril de 2011 / 1.42 A.M.