A casi seis meses del fallecimiento de Néstor Kirchner y a menos de seis meses para las elecciones presidenciales, el mapa político de la Argentina cambió sustancialmente, pero la política económica sigue siendo la misma.
Con la muerte de Kirchner dejó de existir el candidato presidencial y, además, el virtual superministro de Economía de los últimos cinco años. En el primer caso provocó, paradójicamente, el debilitamiento de una oposición fragmentada y un fortalecimiento del oficialismo, que coloca a Cristina Kirchner a las puertas de su reelección. El fuerte crecimiento de la economía tiene mucho que ver con esto, a pesar de sus derivaciones inflacionarias. De ahí que el esquema macroeconómico armado por NK -con sus aciertos y errores- seguramente seguirá funcionando en "piloto automático" en lo que resta del calendario electoral, siempre que el mundo ayude. Las dudas internas, en todo caso, se trasladan para 2012 en adelante.
Si algo no se puede atribuir al ex presidente es imprevisión. En los doce meses anteriores a su fallecimiento se había dedicado, tras la derrota legislativa de 2009, a armar un andamiaje legal (con prórrogas de superpoderes, retenciones e impuesto al cheque) que le permitió a CFK neutralizar al Congreso y manejar libremente la caja fiscal, ya abultada previamente con la estatización de la jubilación privada. También la distribución discrecional -vía DNU- de excedentes de un presupuesto siempre subestimado, siguió siendo la pieza clave de la política de subir permanentemente el gasto público, para sumar aliados y promover medidas de alto impacto político-electoral como el "fútbol para todos" o la reestatización de Aerolíneas Argentinas. De esa época data también la asignación universal por hijo, una bandera que el kirchnerismo le arrebató a la oposición. El cuadro se completó, tras la abrupta y escandalosa remoción de Martín Redrado, con la apropiación directa de reservas del Banco Central para atender los pagos externos del Tesoro y, de paso, dejar más margen para aumentar el gasto, que había crecido nada menos que 14 puntos de PBI en el período 2003/2010.
Así, antes y después de la muerte de NK, la política económica pasó a tener un fin excluyente: el crecimiento a marcha forzada del consumo y la actividad económica como carta ganadora para las elecciones de 2011. Este objetivo no se modificará de aquí a fin de octubre. Más bien, todo lo contrario. Aunque en el primer trimestre de este año hubo cierta moderación fiscal y monetaria, los analistas creen que sería a cambio de un impulso extra cuando se acerque la fecha electoral. La reputación del gobierno alimenta esta presunción, ya que con la economía a pleno actúa como si estuviera en recesión. Además de seguir subiendo el gasto (34% en 2010), CFK aumentó las dosis de otros "anabólicos": tasas reales negativas para los depósitos; fuerte expansión del crédito al consumo; tipo de cambio que sigue de lejos a la inflación; aumentos de la masa de salarios y jubilaciones, además de controles de precios en productos y servicios de consumo masivo y crecientes subsidios indiscriminados para mantener congeladas las tarifas de transporte y energía. El resultado fue que el PBI creció 9,2% en 2010 (con una suba acumulada de 70% desde 2003) y se perfila para trepar otro 7% este año.
La cara opuesta de esta cadena de la felicidad es que la inflación ya suma cuatro años a tasas de dos dígitos (20% de promedio anual) y, más allá de las inverosímiles estadísticas del Indec (que también forman parte de la política económica), se ubica entre las más altas del mundo, detrás de Venezuela. También sigue sin existir una política para frenarla. Con todo creciendo más de 30% anual (gasto público, oferta monetaria y salarios en muchos sectores) difícilmente pueda apuntar hacia abajo, lo cual empobrece a los más pobres y los torna más dependientes de la ayuda oficial. Además, tanto el tipo de cambio rezagado (que aumenta los costos en dólares y reduce la competitividad), como las tarifas congeladas (a costa de subsidios que pasaron de 0,5% del PBI en 2003 a 4% en 2011), agregan incertidumbre a futuro, ya que aparecen como resortes apretados. Si este esquema puede sostenerse, es porque las buenas cosechas y los altos precios internacionales agrícolas aseguran un importante flujo de divisas y de recursos fiscales (vía retenciones); y porque la presión tributaria sobre los que pagan impuestos llegó al nivel más alto de la historia.
Otro modelo, otras dudas
La mayoría de los analistas coincide en que esta política está encontrando sus límites, aún con un escenario externo favorable. Crecer a "tasas chinas" implica ahora inflación alta y más desequilibrios macroeconómicos.
La razón es que el modelo K original (de superávit "gemelos" y tipo de cambio real alto) cambió sustancialmente en los últimos años y sus pilares se están deteriorando, aunque los discursos oficiales digan lo contrario. El superávit fiscal primario se esfumó debido al aumento del gasto y hoy está apuntalado por recursos no genuinos, como los aportes del BCRA (vía "maquinita") y la Anses, pese al fuerte aumento de la recaudación. El superávit comercial, en cambio, se mantiene en pie, aunque se reduciría a menos de 10.000 millones de dólares en 2011 porque las importaciones crecen a mayor ritmo que las exportaciones. El tipo de cambio alto, finalmente, va camino a dejar de serlo, ya que se utiliza como freno para evitar que la inflación se desboque y sólo la debilidad del dólar frente a otras monedas (real, euro) evita un deterioro mayor frente a la suba de precios internos.
Por ahora, el gobierno reaccionó defensivamente para cuidar el stock de reservas (de 51.600 millones de dólares) a través de trabas a las importaciones y presiones a las empresas para que exporten lo mismo que compran al exterior (1x1). Pero este tipo de medidas -al igual que el sorpresivo avance estatal en los directorios de grandes compañías- aumenta la desconfianza, que en los últimos cuatro años provocó una fuga de capitales de casi 60.000 millones de dólares. Por este camino sería inevitable un futuro de mayores controles (cambiarios, de comercio exterior y de precios), intervencionismo estatal y alta presión tributaria. Cuando Cristina Kirchner habla de "profundizar el modelo", muchos interpretan que se refiere a la versión 2008/2011 y no a la de 2003/2007. Sobre todo porque el oficialismo no aporta pistas sobre cómo manejaría "herencias" tales como alta inflación y puja distributiva, deterioro cambiario y subsidios insostenibles para mantener tarifas congeladas, a costa de mayores importaciones energéticas. En la fragmentada oposición, a su vez, apenas se balbucean estos problemas, que no tienen la magnitud de otras épocas pero serán mayores si no se enfrentan a tiempo.
Aún así, la buena noticia es que si el mundo sigue ayudando (con buenos precios agrícolas y demanda brasileña para productos industriales) hay recursos y márgenes para encarar correcciones graduales a partir de 2012 sin llegar a situaciones explosivas que comprometan el crecimiento. La mala es que se necesitarían acuerdos políticos, hoy invisibles.
Néstor O. Scibona
Para LA NACION
nscibona@speedy.com.ar