Cuando los imponderables pueden convertirse en una solución casi mágica a situaciones inesperadas
Cualquiera sabe que por más esfuerzo, tiempo e información que uno le vuelque a la preparación del viaje, la mitad, al menos, de sus mejores momentos son los imprevistos. Aun las contrariedades. Principalmente las contrariedades.
No es lo mismo quedar una noche sin hotel si el total del universo bajo custodia se reduce a uno y su mochila que cuando, por ejemplo, bajo el ala se quejan niños porque tienen sueño, frío, hambre o las tres cosas juntas.
Pero tengo una sospecha que sería ideal que alguien ratifique o rectifique antes de que siga sometiendo a mis hijos a más riesgos: cuando se viaja con chicos, la natural suerte del viajante (mucho más comprobable que la del irlandés) se incrementa y potencia la forzada improvisación que siempre nos demandan las travesías.
Evidencias propias al canto:
Primera: cuando había vuelos a Chile desde Aeroparque haciendo Aduana en Mendoza, nos enteramos en el mostrador de la aerolínea que el documento nacional de identidad de nuestra hija mayor estaba vencido. Para ser honestos nos enteramos en ese momento de que debíamos renovarlo a los 16 años. Ahí quedamos la familia de 6, de este lado de la Cordillera, con todo un paquete contratado en Viña del Mar, allende los Andes.
Para colmo coincidía con una carrera de autos antiguos por los viñedos mendocinos y estaba lleno de turistas, gente famosa, hombres de negocios, relacionistas públicos? En fin, exactamente todo aquello de lo cual huíamos al dejar Buenos Aires.
Con mucho esfuerzo conseguimos un hotel modesto y limpio en las afueras de la ciudad, alquilamos un Renault Clío dorado chillante que nadie creía merecer y anduvimos por todos lados menos por el circuito de los viñedos promocionado, así que estuvimos tranquilos, solos e insumimos un presupuesto menor que el plan original (los chilenos nos reintegraron lo pagado, de buenas personas que fueron nomás). Empacados en nuestro encandilante bólido nos devoramos la montaña -vaya saber qué fiestas habría allá abajo en la ciudad-, porque ahí arriba no había más que montañistas y lugareños sin pose.
Segunda, más reciente: en diciembre último reservé por Internet -y no me pidieron seña- un departamento en Neuquén. Llegamos a su puerta siete pasajeros con más de 1000 kilómetros recorridos, y el lugar era lo más sucio, húmedo y oloroso que habíamos visto en nuestras vidas en el rubro alojamiento. Menos uno, Pedro, el de 12, el resto de la familia se negó siquiera a pisarlo.
No había mucho tiempo antes de que fuera hora de dormir y teníamos un trecho largo al día siguiente. En un hotel que pensamos es demasiado , el Suizo, nos aventuramos a preguntar. Y para nuestra sorpresa tenían un departamento para ¡siete personas! que no ofrecían por Internet (por eso no lo había pescado), porque era de menor categoría que el resto de las habitaciones, pero lo ofrecían a un precio más que razonable, incluyendo desayuno y cochera. Un hallazgo.
Una tercera prueba, diferente: a veces, creo que los chicos también nos mandan sus ángeles custodios de incógnito. En la vuelta de un viaje de trabajo desde Seattle, Estados Unidos, el tiempo, la programación de vuelos o los imponderables de siempre nos jugaron una mala pasada y nos cambiaron de ruta. Sin haberlo previsto quedamos varados en Dallas.
El por entonces gerente de Comunicaciones de Microsoft Argentina, Javier Bártoli, y yo, una madre desesperada por ver a sus hijos después de casi diez días de conferencias y powerpoints. Había un avión próximo a salir a Buenos Aires, pero sólo dos lugares. La prioridad entre la multitud de aspirantes la tenía mi compañero de viaje, con toneladas de millas acumuladas y la máxima categoría en el programa de socios; yo tenía exactamente las peores chances: ni siquiera contaba con una tarjeta de fidelización de esa aerolínea.
Las normas de American Airlines impedían que nos subieran a los dos porque no teníamos ni parentesco ni el mismo código de reserva, ningún lazo. Javier me vio tan devastada por la perspectiva de aplazar 24 o 48 horas el reencuentro familiar que se plantó en sus 13: sólo se embarcaría conmigo. No cedió ante ninguno de los ruegos del personal de tierra (y los míos, resignada) para que subiera, aun con el motor del avión en marcha y la puerta por cerrarse. Hasta que salió un tripulante a punto de un colapso nervioso y escuchó el parte de situación. "Usted -le dijo poniéndole una mano en el hombro- y su esposa, ¡arriba!" Ahí mismo nos casó, ante la mirada absorta del personal y del resto de los pasajeros varados. Incrédula, no fue hasta que, horas después, abracé a mis hijos que reaccioné y pude agradecerle a Javier haber sido su ángel embajador.