Me cansé. A los 94 años cuenta que ya no llama de su casa. Su familia quiere que se retire y él duda porque, dice, es un humorista único.
Para qué mentirles: estábamos detrás de Carlita Conte por dos o tres temas: comprobar si se había dejado la barba, como dice Lanata, hablar de su nuevo programa de televisión y cerrar un círculo: uno de los pimeros agudos con el último (así que por favor cuando envuelvan huevos con esta página, que al menos sean huevos de granja orgánica). El problema con Carla es que hay que insistir mucho y el verbo insistir no es para cualquiera, y menos cuando en tu casilla de correo está entrando el siguiente mail:
Hola, disculpame que te moleste, el doc sigue peleándola y gracias a que todos los días sale y toma aire está 10 puntos del balero. Las piernas no lo ayudan y la familia no quiere que haga nada más. Los psicólogos que lo evaluaron dicen que sólo haciendo su personaje sigue y cuando no lo haga más, no va a tener otro interés...
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“¿Cómo estoy? Como el culo. Mal. Mal. Las piernas no me responden... Sí, sí, te entiendo, ya sé que a los 94 años algo hay que tener y también sé que a mi edad es difícil rehabilitarse... Es feo estar bien del balero y mal físicamente. Igual, no me gustaría que sea al revés. Del mate, del azúcar, del colesterol, estoy bárbaro... pero las gambas, las gambas no se arreglan”.
¿Es verdad que está haciendo sus últimos shows?
A mi familia no le gusta que siga actuando y quiere que me retire. Se ve que tienen miedo que me pase algo, como que por ejemplo me olvide de la letra. El tema, querido, es que cuando estoy arriba del escenario, ya está, listo, no me duele nada. Puedo quedarme una hora y media tranquilamente. Estoy en un show y no me falla la memoria, no tengo ningún dolor, nada, pero cuando no estoy en un show, necesito esto, necesito lo otro...
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No es una entrevista con Tangalanga, sino con Julio (“Te pido que no pongas el apellido; no confío en el humor de los argentinos”). Julio esta sentado con su cabeza pelada y su cara afeitada. Esta tarde es un señor que acaba de dejar el andador a un costado de la pieza y nada tiene que ver con el risoterapeuta que conocemos, entre otras cosas porque vaya uno a saber dónde dejó el disfraz. La nota, obvio, será sin fotos recientes. “Querido, te pido que no hagamos fotos. ¿Te dije que no confío mucho en el humor de los argentinos? Bueno, tengo miedo que alguien me vea y se quiera vengar”, confiesa el filósofo del teléfono. “No sé dónde puse el bigote y es carísimo: lo hago con pelo de verdad...”
¿Hace cuánto que no hace una llamada?
¿De acá, de casa? Dos años. Se ve que me cansé. La última llamada que hice fue a De la Rúa. Me dieron su teléfono y lo llamé del estudio del doctor Cantaluppi. Le dije que quería colaborar con el juicio que le debía estar haciendo al programa de Tinelli, que lo había dejado tan mal parado . Me contestó, gracias y me pidió el teléfono. “No doctor, le voy a dar el número: si le doy el teléfono, ¿yo con qué hablo?”. No dijo nada y le pasé el número: “4773-72691”. “Me sobra un número”. Cuando le iba a decir que se lo metiera ahí, me acordé que había sido presidente... Inconcientemente, no estoy llamando porque la gente ya me conoce y yo mismo me freno. Es raro, estoy en banda en mi casa, y no llamo.
Julio, usted inventó este personaje hace casi 50 años. ¿Cree que fue reconocido por su carrera?
No, no fui reconocido y es curioso porque a mí no me salieron rivales. Es díficil lo que hago. Los humoristas argentinos están acostumbrados al libreto. Tato Bores me llamaba todas las semanas para que le diera un chiste que el incluía en sus monólogos. Mil veces contó chistes que yo le dí a cambio de nada. Tato era mi amigo. Una vez cuando se cayó el avión de los rugbiers uruguayos en la Cordillera le conté uno que no se animó a meter en su programa... Lástima, era bueno. ¿Te lo cuento? Un sobreviviente le dice a otro. “Hace como diez días que no cago?” “¿Por?” “Y... no voy a cagar a un amigo”
¿Cuál fue su mejor llamada?
Y.... A ver... Mmmmm. La del techista enojado. La del tano, al que yo le digo que arregló tan mal el techo que cuando llueve, salimos todos al patio (más información en Doctor Tangalanga El libro de Oro o en YouTube)
¿Por qué es la mejor?
Cuando empiezan las puteadas, el éxito es total. Yo prefiero que no haya tanta puteada, sino cosas más ingeniosas. El transcurso de la llamada puede ser más interesante que el remate, pero la puteada es el éxito. Yo provoco el insulto, porque a la gente le interesan las grabaciones donde el otro siente bronca. Cuando grababa las llamadas telefónicas desde casa, pensaba: uh, ¿cómo lo hago putear a este tipo? Si yo sé que hay mujeres, me da un poco de pudor y prefiero otra clase de chistes. Como el del jefe que le dice a la empleada: “¿Querés venir a mi casa a escuchar música?”. “¿Y si no me gusta?” “Si no te gusta, te vestís y te vas?”
Es fino.
Claro. Si yo hubiera practicado ese humor, nunca hubiera tenido éxito. Los argentinos no somos finos para el humor. La enorme mayoría de la gente escucha un chiste y no lo entiende. Creo que por eso aparecen las puteadas como recurso. Muchos creen que los chistes con puteadas son más calavera.
¿Y que tipo de humor prefiere?
El de Verdaguer. Verdaguer paró de trabajar dos años antes de morirse y para mí que se murió de pena. Yo lo vi en una de sus últimas presentaciones en el Bauen y como se olvidaba los chistes en la mitad, tuvo que largar. Un humor limpio el suyo.
¿Usted es conciente de que tiene una repentización única?
Lo mío es poco común, es cierto. Hace poco volvía de Pilar donde me habían invitado para animar un asado. Volvía en un remís. eran como las dos de la mañana y yo me preguntaba: ¿Habrá algún tipo de mi edad que esté en la calle a esta hora?
¿Y qué se respondió?
Ahí entendí que era único.«