La nueva norma genera controversia porque estipula que las victimas deben demostrar que fueron engañadas. Esta es la historia de Edith y de su calvario que duró 19 años. Un caso testigo.
Ahora, dice, está gorda. Que antes, a los 16, tenía el cabello largo, negrísimo, lacio y que era alta -como ahora- pero sin esos kilos de más. Y ni que hablar de sus pechos y de su cola, que fueron su perdición. Edith asegura: yo era hermosa.
Y muy pobre. Todavía no había dejado la adolescencia y tenía una niña a la que sustentar. Ese es el tipo de miseria con plus de belleza a la que los tratantes suelen llegar como sabuesos con las fauces salivosas.
Un día, a su pueblo cordobés llegó él. El hombre que le propuso sacarla de pobre y hacerla su esposa. Y que resultó un cafishio que "trabajaba" a otras seis mujeres. Edith fue llevada a Mar del Plata. Y esclavizada sexualmente en un hotelucho de mala muerte. El calvario comenzaba allí, de las sierras al mar.
Después de la piña en la nariz con la que se enteró de su nueva realidad, tardó muchos años en procesar lo que le estaban haciendo. Así, desde los 17 hasta los 36 años, muchas piñas más.
Su tratante estaba conectado con una red internacional que sometía a mujeres argentinas y las hacía trabajar esclavas en Europa.
Fue llevada con documentos falsos a España, a Alemania y hasta trabajó en vidrieras, en Amsterdam. Dice que por día llegó a hacer la friolera de 60 hombres. No importa si exagera. Dice que en el sucucho en el que la tenían había una palangana en la que ni siquiera tenía tiempo de higienizarse porque ya le estaban golpeando otra vez la puerta. Apuráte, tené cuidado con demorarte. Y cuando había algún desarreglo era cuando se venían las palizas, los gritos.
-Y la peor de todas las amenazas: que se iban a meter con mi hija.
Ya le habían advertido que, como ella había pasado los 30 tenía que "ir preparando a la nena" para cuando ya no sirviera.
-Cada vez que mi explotador me decía eso me moría en vida.
Después de tantos años de aguantar y procesar qué era lo que le estaba sucediendo empezó como hormiga a juntar dinero. De a 5 dólares, de a 10. Al cabo de un tiempo tuvo lo suficiente. Y cuando ya nadie pensaba que se iría agarró sus hijos, ahora eran dos: la chica y el que tuvo con su explotador, y huyó.
Hoy Edith tiene 54 años y trata de vivir su nueva vida. Se metió en un grupo para adelgazar. Tiene un novio nuevo, dice, su ángel guardián. Es abuela de tres nietos. A su hijo varón lo perdió hace cinco meses. Tiene como consuelo que su hija se "salvó" y nunca tuvo que pasar por lo que ella.
En un cuaderno de papel cuadriculado anotó sus preguntas y quiso leerlas:
-Yo le pregunto a los legisladores del oficialismo que han sancionado esta ley. Cuando una persona está tratada, encerrada, amenazada, ¿cómo puede ir y demostrar que está siendo explotada? Detrás del explotador hay una organización que lo contiene. Esto se tiene que entender.