La Doncella de Hierro volvió a Buenos Aires y selló su amor incondicional con las huestes del metal
¿La última frontera o el primer paso hacia otra dimensión? Después de los shows de Ferro 2008 y Velez 2009, los dos en el marco del tour revisionista Somewhere Back in Time, Iron Maiden regresó al país con nuevo disco, The Final Frontier, y con una idea que la banda plasmó en la noche del viernes: filmar el DVD de la gira en Buenos Aires. ¿Somos el mejor público del mundo? Bueno, algo así fue lo que dijo Sam Dunn, el director del documental Flight 666, que muestra a la banda de gira mundial a bordo del Ed Force 1, el avión que pilotea Bruce Dickinson.
Para su nuevo capítulo porteño -el octavo- la Doncella de Hierro volvió a elegir al estadio de Vélez, pero esta vez el campo parecía albergar aún a más gente que en 2009: cerca de 40 mil personas ansiosas por ver a "su" banda, que se despertaron con el clásico de UFO, "Doctor Doctor", intuyendo que era el último de los temas que sonarían en el playlist de metal y rock ideado por Maiden. Y fue así: las pantallas se encendieron, empezó el clip que acompaña la intro de "Satellite 15... The Final Frontier" y el concepto estético empezó a quedar al descubierto: una batalla espacial con un Eddie alienígena y los seis músicos devenidos en salvadores de la humanidad. Tranquilos: ellos tienen herramientas suficientes para que sigamos conciliando el sueño. Eso sí, con el zumbido correspondiente.
Para mantenerse activa, una banda que ya pasó los 35 años necesita publicar periódicamente canciones nuevas y, en directo, encontrarle un lugar en medio de los clásicos, aun a riesgo de que algunos inoxidables queden de lado. Eso es lo que hizo Maiden el viernes. Comenzó con un tema nuevo, siguió con otro de The Final... , "El Dorado" y, tras regalarle al público un momento para que se expresara a grito pelado ("2 Minutes to Midnight"), volvió sobre su nuevo opus con "The Talisman" y "Coming Home". El público entendió el mensaje y, aunque esperaba por otras canciones, disfrutaba con muy buena predisposición de esa aplanadora del metal clásico -y progresivo- que es Iron Maiden.
Atrás, en el telón de fondo, había una imagen para cada tema y un Eddie que se adaptaba a cada circunstancia. Adelante, bien adelante, un frontman incansable con una de las mejores voces que supo dar el género y una formación que se completa con esa base invencible que constituyen el "dueño" Steve Harris y Nicko McBrain. Juntas, las guitarras de Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers conforman uno de los diálogos más prolíficos de la escena rock: son palabras precisas, que encajan como piezas de orfebrería y que, conjugadas, generan otros diálogos. Son guitarras progresivas; virtuosas, sí, pero que no caen en excesos.
Es cierto, los ingleses no tocaron ni "Run to the Hills ni "Can I Play with Madness", por mencionar dos clásicos. Pero sí estuvieron "Iron Maiden" en el final del set y, en los bises, "The Number of the Beast", "Hallowed Be Thy Name" y "Running Free". Es decir, un final con temas de su primer y tercer discos, cuando Bruce Dickinson podía cantar sin sonrojarse aquello de "Sólo 16 años, una camioneta. Sin dinero, sin suerte... Piso el acelerador y allá voy". Pasaron tres décadas de aquellos días y Bruce y sus amigos pueden seguir diciendo lo mismo con una frescura que asombra. Podrán sonar más fuertes, más o menos pesados y sorprender con un Eddie XXL, pero lo que importa es la esencia, esa que mantienen vivita y coleando. Muchachos, vuelvan pronto, ya los estamos extrañando.