El viernes a la noche fui a comer a un restaurante nuevo con una amiga. Un restaurante raro, contradictorio, que servía champagne al entrar pero luego tenía sándwiches, hamburguesas y ensaladas como un plato principal en el menú. Un restaurante que además era imposible de lo ruidoso y te expulsaba a la calle, enloquecido, a los diez minutos de haber terminado de cenar. Y para coronar, además de incongruente y ruidoso, la comida fue un poco menos que mediocre, irregular.
La atención, en cambio, sí era esmerada. El chef y los mozos eran tan dedicados que vinieron a preguntar qué tal estaba la cena seis veces durante nuestra estadía en el lugar. Un poco pesados, sí, pero pesados con dedicación. La primera vez les dije que estaba todo bien y seguí charlando con mi amiga. La comida era fea, estaba segura de que lo iba a reseñar mal, pero no quería revelar que estaba ahí para hacer una crítica porque quería que fuese 100% real. Para la quinta vez que vino (cuando yo estaba completamente convencida de que la comida era mala) fue el doble de cortés y me empezó a dar culpa. ¡Estaba tan pendiente y contento con la apertura que me hizo sentir una desgraciada! Enojada porque me habían puesto en semejante compromiso, pero además, muy tironeada entre lo que decía mi cabeza (que la experiencia era desastrosa) y mi corazón (que recién abrían y se equivocaban en todo, pero que se esmeraban mucho).
Las dudas se me acabaron, sin embargo, a la hora de pagar. Dos limonadas, un sándwich y una hamburguesa (todo flojo) a doscientos pesos. Chau compasión, te deseo un lindo viaje camino al infierno.
Lo mismo me pasó antes, en otras situaciones, cuando me pidieron referencias laborales de una amiga muy querida que no era buena en lo que hacía. O cuando me tocó leer el manuscrito de un colega y resultó ser desastroso. También cuando vi a un conocido engañar a su mujer a escondidas y no supe si contarle, si callarme o si dejar que lo descubriera ella sola. La verdad y la amistad se mezclan todos los días. Supongo que yo también he puesto muchas, muchísimas veces, a los demás en la misma situación. Estoy segura, nadie está exento de esas miserias.
Pero por más que ya me haya pasado muchas veces, en esos momentos, cuando me agobia la culpa, todavía me sigo preguntando qué es mejor ¿Honestidad brutal aunque dañe a todo el mundo? ¿Compasión y buena onda aunque falte a la verdad? ¿Mi lealtad es con el pobre chef que recién empieza e hipotecó su casa para abrir el restaurante de su vida, o con los lectores que trabajan todo el mes como animales para después tener que pagar doscientos pesos por una hamburguesa berreta? ¿Es con mi amiga (que a pesar de ser vaga y mala en su trabajo es mi amiga) o con el empleador que está buscando una secretaria porque no puede más? ¿Se puede elegir sin lastimar a nadie? Probablemente no. Siempre hay que inclinarse hacia un lado. Siempre estamos eligiendo; se puede optar por cariño, se puede elegir siempre la verdad, aunque lastimemos a gente querida, y se puede elegir no hacer nada: ni reseñar el restaurante, ni decirle nada a la cornuda, ni darle feedback al posible empleador de tu amiga.
Yo, siempre que puedo, elijo la verdad, aunque me explote en la cara. Prefiero estrellarle el sueño a un chef y aguantar sus quejas (y posibles insultos, que también me tocan seguido) antes de que un lector se joda con la hamburguesa de sesenta pesos. Después de todo, la mala de la película era la comida, no yo. El chef podía hacer una hamburguesa buena o cobrar veinte por la mala, pero hizo todo lo opuesto. Y tuvo la misma libertad para elegir que tengo yo. Sé que mi dilema no es nada nuevo, y que como siempre, Aristóteles lo dijo antes y mejor: "Soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad". Cuánto más fácil para mí, entonces, que no soy amiga del dueño de la hamburguesa ni quiero serlo.