La directora Lucía Cedrón habla de "Cordero de dios", su primer largometraje, premiado en Cuba y en Francia.
La peli está dedicada a mi vieja, que la vio en Rotterdam, con alfombra roja, flores, luces. Aquello fue maravilloso y conmovedor", dice Lucía Cedrón sentada en un bar de Belgrano, el barrio donde vive. Ya hizo sus dos horas diarias de yoga ashtanga por la mañana, leyó algunas páginas de El Profeta, de Kalhil Gibran, y apenas se recupera de la emoción que vivió unas horas antes, cuando presentó Cordero de Dios, su opera prima, en el BAFICI (el 8 de mayo se estrenará en el circuito comercial). "Me conmovió la sala llena, lo ecléctico del público y cosas que me dijeron. Esta película fue el fruto de mi reencuentro con la Argentina".
Más allá de ganar varios premios (guión inédito en La Habana, Sundance/NHK, Colibrí de Oro en Marsella, premio del público en Toulouse) y una ovación en la apertura del festival de Rotterdam, Lucía destaca: "Fue mi mamá la que me dio la mejor definición de la película. Dijo: Los hechos son pura ficción, los diálogos son literales'". Es que el primer largometraje de Cedrón, protagonizado por Mercedes Morán, Jorge Marrale, Malena Solda y Leonora Balcarce, mezcla dos momentos trágicos de nuestra historia: la represión de la dictadura de los años 70 y la crisis de 2001-2002. Años que atravesaron la vida de Lucía. "La película tiene que ver con lo más bello que tenemos, que es la humanidad. Y el contexto histórico político no deja de ser el contenedor", cuenta Cedrón, que después de hacer 33 versiones distintas de guión terminó de filmar en noviembre.
Esta joven directora de 33 años es hija de Jorge Cedrón, director de Operación Masacre, asesinado en circunstancias aún no esclarecidas en París, en 1980. Allí, a París, había tenido que irse la familia, corrida por la dictadura y allí Lucía vivió desde los dos años. Estudió Historia y Letras en la Sorbona y también Cine. Realizó varios cortos (uno fue En ausencia, ganador del Oso de plata en Berlín en 2003), para volver a la Argentina en el 2001, año emblemático si los hay. "El tema fue así: yo estaba en Cuba estudiando y murió mi abuelo materno, Saturnino Montero Ruiz. Vine para acá a darle una mano a mi mamá. Mi abuelo nos había dejado un cheque a cada uno de sus nietos, y yo pensé en usar esa plata para filmar el corto que acababa de escribir. Deposité el cheque en el banco y al día siguiente ¡me agarró el corralito! En ese momento tenía unas pilas que no me paraba nadie. Todo se iba a la mierda y yo pensaba, quiero estar acá. Así que finalmente renuncié a mi trabajo en Francia, metí todo lo que tenía en un barco y me vine a vivir acá, cuando la mayoría de mi generación se quería ir".
Sobre su generación, justamente, Cedrón opina: "Es muy escéptica. Mucha gente de mi generación se jacta de ser apolítica. Me parece una necedad porque significa desvincularse y dejarle el poder al más fuerte. La política no es buena ni mala, es una herramienta".
¿El cine político es el que más te gusta como espectadora?
No necesariamente. El cine que me interesa puede ser de lo más dispar. Pero tiene que transmitir, mostrar algo que se nota que le quita el sueño al que lo está contando, que puede ser la receta del arroz con leche o los campos de concentración de Auschwitz. El Decálogo de Kieslowski es una de mis referencias.
¿Cambió el rol de la mujer en el cine?
Sí, hay más mujeres que antes en cine y en roles que antes no ocupábamos: directora, directora de arte y de fotografía. En montaje siempre hubo más. Lo que puedo decir es que el cine de mujeres no es un género, es como decir la película es en blanco y negro: es una particularidad más, ni mejor ni peor. En mi película sí reconozco que hay una mirada femenina, que se refleja en los personajes y en algunas relaciones en particular.
¿Les temés a las críticas?
Yo soy mi crítica más dura, la que más me castiga pero es la única capaz de darme el mejor de los reconocimientos. Y yo, con esta película, estoy feliz y en paz.