Lecciones de una escapada sólo para ellas, sin maridos ni hermanos
Incapaz de acertar en la ruta correcta a Córdoba, el auto con seis mujeres -tres mayores de 40, tres menores de 18- se detuvo cerca de la medianoche bajo la rotonda antes de entrar a Rosario.
La ventanilla bajó y el camionero escuchó sorprendido las seis voces agudas que pedían referencias de diferente manera y describiendo señales que él jamás había notado en tantos años de oficio. Y respondió con dos datos: "Pasen la rotonda y sigan la flecha que indica hacia Córdoba. Pero antes cierren las ventanas y pongan seguro al auto. ¿Qué hacen ustedes acá?", se preguntó sin esperar respuesta.
A pesar de la perplejidad de quien nos guió en el camino, lo que estábamos haciendo no era para nada disparatado: tres amigas con sus hijas íbamos a visitar a una cuarta también con su hija. Las cuatro niñas fueron compañeras de colegio hasta que una se mudó a Córdoba y las cuatro madres organizamos el aquelarre, excluyendo hombres y al resto de las familias.
El viaje tuvo una consecuencia inesperada: las cuatro grandulonas terminamos desternilladas de risa durante tres días mientras nuestras rebeldes adolescentes nos miraban meneando la cabeza, reprobando nuestra conducta inmadura, aunque ellas fueran las que salieran de juerga, durmieran hasta el mediodía, se alimentaran a golosinas y taparan las majestuosas sierras con un cortinado para ver a oscuras una trillada película norteamericana.
Tampoco es que las adultas hayamos tirado la chancleta, como se decía en la época que las más chicas no vivieron: hicimos las compras, cocinamos, limpiamos, lavamos, planchamos y pusimos orden con la inconsciencia mecánica que da haberlo hecho cientos, miles de veces. Pero gracias a la reiteración infinita de tareas domésticas, nada nos privaba de las burlas, las confidencias, los planteos existenciales o el empezar a tejer proyectos improbables.
Con frecuencia escucho de mujeres que viajan solas y se divierten más que lo que admiten al regresar a sus hogares, mientras distribuyen regalitos culposos para todos.
¿No las ha visto en viajes familiares, mientras disfrutan como si no existiera el tiempo mientras usted apura la papilla porque el bebe llora y el más grande tiene sueño? ¿No envidia los pequeños bolsos con dos mudas y cincuenta cremas, pero sin el mamotreto del cochecito, los pañales o el botiquín que cubra desde una constipación hasta la picadura de una cobra?
Parecería que madres cuarentonas e hijas adolescentes se encuentran, paradójicamente, más o menos en el mismo punto vital: saben lo que no quieren, pero no terminan de decidirse qué quieren para el resto de sus vidas. Y eso puede resultar liberador, aunque sea también transitorio.
Hay algo que sí tienen claro las mayores: que romper la rutina ya es un lujo, no importan el paisaje ni las comodidades. ¿Sabrán realmente los hombres quiénes son las mujeres cuando están entre ellas, sin ellos, sin maquillaje, sin filtro?