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Ricardo Darín: Mi relación con la fama es traumática

Hay algo familiar en la mirada de Ricardo Darín (54). Será esa cualidad difícil de definir lo que lo convierte en un porteño modelo.

Ricardo Darín: Mi relación con la fama es traumática 
O quizás el humor que ejerce con astucia, su talento, su mirada de ojos cristalinos, o todo esto junto, pero Ricardo Darín cautiva. Elocuente, centrado y sincero, en esta entrevista con ¡Hola! Argentina habla de la paternidad, de la muerte, de la relación de pareja que lo une a Florencia Bas, de su separación y reencuentro, del impacto que tuvo el Oscar que ganó el film El secreto de sus ojos en 2010, y de los dolores y pequeñas obsesiones que le regala el paso del tiempo. “A veces veo que los demás se ríen de mí, pero uno aprende a convivir con sus problemitas”, explica. En los pocos minutos en los que Ricardo pisó la calle para la sesión de fotos, saludó a todos y a cada uno de los que pasaron como si los conociera desde siempre. Porque eso es lo que genera: Darín podría ser cualquiera de nosotros, pero es uno de los mejores actores argentinos de todos los tiempos. Sin embargo, aunque nos resulte familiar, hay muchas cosas de él que aún nadie conoce.

–¿Cómo es tu relación con la fama?

–Es como un forúnculo con el que he aprendido a convivir. La pérdida del anonimato no es nada divertida. Mi relación es traumática en términos personales, existenciales. Tiene un montón de cosas a favor, por supuesto. Pero como contrapartida, el precio que se debe pagar es muy alto. Eso de caminar por la calle y que todos sepan quién soy es divertido para los demás, pero no para mí.

–¿Cómo lo resolvés?

–Ser famoso es una dirección a la que consciente o inconscientemente me dirigí, y no hay por qué hacerle pagar la cuenta a la gente. Hay que encontrar una fórmula para atravesar la jungla con la menor cantidad de rasguños posibles. En mi caso, fue la amabilidad. Porque si vos sos respetuoso, podés decir la verdad, y difícilmente caiga mal. Le dije a alguien en la calle: “Disculpame, estoy muy apurado, otro día charlamos”. Y me respondió: “Sí, claro, no hay problema”, como si fuéramos primos. Porque en el fondo es eso: se produce una relación de familiaridad a la que podés contestar o no, ser parte de ella o no, pero no podés desentenderte, hacerte el que “no sé por qué me están hablando”.

–¿Cómo fue tu relación con Sebastián Borensztein, el director de Un cuento chino?

–Excelente. Siempre nos llevamos muy bien. Nos reímos mucho, tenemos humores afines. Y es un tipo muy inteligente, creativo, tiene una mirada muy personal y creo que está en una etapa de su vida gloriosa.

–¿Qué cambió en ti vida a partir del Oscar que ganó El secreto de sus ojos como Mejor Película Extranjera?

–En realidad, cambió la apreciación de los demás: de la gente, la industria… Suena feo lo que te voy a decir, pero cuando pasó lo que pasó con El secreto de tus ojos, que por supuesto me enorgullece, yo estaba en un momento de mi vida en que lo que menos necesitaba era eso. Ya estaba saturado de prensa. Esto hizo que se desbordaran todas las copas de los demás. La gente cree que yo pasé a valer siete millones de dólares por película y no es así. Para nada. No es un pataleo, pero a mí no me pasó nada especial.

–Hablando de cachet, ¿cómo es tu relación con la plata?

–Nunca fui un gran administrador. Y es extrañísimo, porque vengo de una madre que es excelente en eso. Es muy práctica y nos enseñó mucho, pero a mí no me imprimió. Porque, en la fusión con el temperamento de mi padre, se ve que primó eso. El estaba mirando otra película, estaba totalmente desligado de las cosas materiales. No soy un derrochón, pero no tengo una relación responsable y seria con el dinero.

–Si vos sos más parecido a tu padre, ¿cuál de tus hijos se parece más a vos?

–El Chino. Pero creo que ninguno de los dos es muy parecido, por suerte. Son más inteligentes, más rápidos, procesan los datos a una velocidad increíble. Me doy cuenta de que cuando no estoy con ellos me estoy perdiendo de algo. Pero supongo que tendrán rasgos míos y de la madre, porque funcionamos en tándem.

–¿Cómo es Florencia como madre?

–No parece una madre, sino una especie de hermana mayor muy jodona que está atenta a todo. Y que siempre está adelantada una movida, entonces te sorprende constantemente. Es muy difícil tener una mujer y una madre como Florencia y no estar perdidamente enamorado de ella.

–¿Y vos sos como un hermano mayor?

–No... Yo soy un imbécil. Pasan las cosas y yo pienso: “Wow, qué bien que lo manejaste, cómo lo viste venir…”. Y ella me mira como diciendo “obvio, gil”. Yo no estoy preparado para conducir grupos de personas. Sí puedo charlar, tengo capacidad para mostrar mi alma sin pudor y eso en algunos casos es muy bueno, porque ayuda a que los demás se abran. Es mas terapéutico lo mío. A veces pienso que debería ser más estricto, pero es una discusión permanente que tengo conmigo mismo, porque quiero que sean felices y no sé si eso se relaciona con las normas.

–¿Sos celoso?

–No. Y la prueba de fuego es mi hija. Con ella me estoy dando cuenta de hasta qué punto no soy celoso. Porque me voy encontrando con situaciones cada vez más vertiginosas, como te imaginarás… mi hija tiene 17 años. Estuvo de novia tres años con un chico maravilloso y ya no está más. Así que lo que me espera de aquí en adelante son pruebas de fuego a las que anhelo responder estoicamente.

–El humor parece una constante en tu vida. ¿Qué importancia le das?

–Es una válvula de escape. Me ha ayudado a sobrevivir. De niño era muy flaquito, y en la primaria no la pasaba muy bien porque había pibes que eran semiviolentos. Soy de una familia payasa y siempre me sirvió como un salvavidas. Están los que van por la vida convencidos de que son unos machos sementales, y que no miden cuál es el efecto de su repercusión en el mundo, porque las aguas se abren a su paso. Y estamos los otros, que somos unos eunucos que tenemos que ir contando chistes para que los demás no se den cuenta de que no somos sementales. Así vamos sobreviviendo.

–Sin embargo, a vos no te fue tan mal…

–Lo cual habla muy bien de mi sentido del humor. [Ríe.]

–Tus charlas con Susana son desopilantes. ¿Tu relación con ella es así también en privado?

–Creo que lo que le da ribetes hilarantes es que el diálogo está abierto a la opinión pública, porque debe haber miles de casos similares. En privado son muchísimo peores. Decimos barbaridades y nos encanta, y delante de otras personas para que se pongan incómodas. Nos causa mucha gracia y a Flor también. Aunque tratamos de no superar la barrera del buen gusto.

–¿Qué cosas te obsesionan?

–Tengo pequeñas manías. Soy medio fóbico, y con la edad esas cositas se van acentuando y se vuelven patéticas. Todavía me da el humor para verme a mí mismo haciendo estupideces. Por ejemplo: el pelo en la nariz y en las orejas de los hombres es algo que me pone muy nervioso. Iría con una tijera o una pinza de depilar sacándoles los pelos de la nariz y de las orejas a todos los tipos que superan los 60 años.

–¿Te preocupa la edad?

–Sí, ni hablar. Me hago el tonto y simulo que está todo bien, pero los chistes son cada vez peores. Es la gran incógnita de la humanidad, qué hacemos con este asunto del envejecimiento. Porque es lo único que no podemos modificar, nuestra lenta, paulatina pero inevitable aproximación al final. Hago bromas, aunque puteo como un energúmeno por la incorporación de nuevos dolores, nuevas incomodidades.

–¿Te da miedo la muerte?

–No. Me afecta la certeza de que el mundo continúa intacto, impertérrito, inamovible a pesar de la desaparición de las personas, y eso me provoca un vacío profundo, casi existencial. Uno ama tanto a alguien, y de pronto esa persona muere, desaparece, ya no la tenés más a tu lado. Entonces el mundo se detiene, incluso para vos, sólo por unos instantes, pero después estás obligado a que continúe y eso me produce una sensación de desorientación, más que nada.

–Si hablamos de amor, ¿por qué creés que Florencia y vos se distanciaron?

–Por destiempos. Ya de por sí, la vida de los actores es rara, tiene horarios extraños, estábamos desencontrados. Y nos dimos cuenta de que la esencia que nos unía no estaba muy presente. Fue una buena medida separarnos. Porque pudimos extrañar aquello que unía a uno con el otro. Nos distanciamos amistosamente, y cuando volvimos fue también así, a punto tal que casi no nos dimos cuenta del cambio.

–¿Te imaginás abuelo?

–Ya soy abuelo, porque mi hija tiene una perra que dice que es su hija. [Ríe.] Sí, me imagino, pero está mal que lo haga, porque no hay que meter presión… La idea de tener un nieto me vuelve loco: imaginate tener un cachorrito a mi cargo. Me lo van a tener que sacar con escribano.

Fotos: Gustavo Di Mario
Producción: Georgina Colzani
Maquillaje: Mauricio Camilo para Estudio
Correa, con productos Helena Rubinstein.
Agradecimientos: L´Abeille, labeille.com.ar
y Etiqueta Negra

Viernes 08 de Abril de 2011

Fuente

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