El actor dice su parlamento mientras mira fijamente a su antagonista; éste le responde sin desviar los ojos. Un tercero, que asiste a la discusión, tan sólo puede expresar su sentimiento mirando alternativamente a uno y otro.
Más que las palabras -aunque éstas sean de un autor ilustre-, al espectador lo impresiona el intercambio expresivo de las miradas. Así como Romeo se pregunta "¿Qué hay en un nombre?", bien podríamos preguntarnos "¿Qué hay en una mirada?". La respuesta es ya una verdad de Perogrullo: "Los ojos son el espejo del alma".
Y si en la vida cotidiana ese axioma es una realidad de la que a menudo dependen decisiones trascendentales (los ojos de quien nos ama o nos detesta, nos engaña o nos favorece), para un actor resulta más que veraz: es el hilo conductor del que depende en gran medida la eficacia de su prestación. Tanto, o más, que el famoso "pie" -el final de frase- que un actor transmite al otro para encadenar los parlamentos sucesivos, es el encuentro de las miradas el que determina ese pase conceptual. Son numerosas las anécdotas en que la hostilidad entre colegas se manifiesta en un perverso esquivar de la mirada indispensable no sólo para la continuidad del texto sino, sobre todo, para asegurarle al otro la confianza en su propio juego.
Hasta que los renovadores del teatro, desde fines del siglo XIX, comenzaron a exigir de sus intérpretes menor énfasis en la mímica y mayor hondura expresiva, era común que actores mediocres, afanosos de seducir al público, exagerasen hasta la caricatura el juego de las miradas. En especial, en los forzados "apartes", esas desviaciones de la trama central (insólitas, dado el pretendido realismo de las puestas de entonces) en las que el actor enfrentando directamente a los espectadores, conjeturaba lo que iba a pasar, o revelaba sus intenciones. En la extrema decadencia del sainete porteño, a fines de los años 20, esos apartes multiplicaban guiños cómplices a la audiencia, con ojos dilatados hasta sugerir, más que la risa, el espanto.
Ni qué decir lo que ocurría en aquellos dramones sobre temas tabú en la época, como la locura, o la sífilis. No era necesario asistir al grand-guignol, donde se daba por sentado que uno iba para asustarse. Basta ver las fotografías de los intérpretes trágicos de entonces, y entender lo que se consideraba necesario a fin de conmover. El recurso no ha muerto: todavía se lo ejerce, sobre todo en el terreno cómico, con excelente resultado en boletería.