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¿Demasiada red social en tu vida privada?

Pasa, claro que pasa. Las nuevas tecnologías se van metiendo en nuestras vidas sin pedir permiso y nuestras costumbres se modifican, a veces poco a poco, a veces de un día para el otro. Ahora le toca el turno a las redes sociales.

¿Demasiada red social en tu vida privada?
Los expertos debaten, se convocan congresos y se congregan foros, se anuncia el fin del mundo tal como lo conocemos y ese tipo de cosas. Después no pasa nada. Pero la verdad es que tu vida está bastante rara estos días. Fijate:

Querés saber cómo le fue en la entrevista de trabajo a tu pareja. Se lo preguntás por teléfono. Te responde: "¡Pero si lo acabo de twittear!"

Tus discusiones familiares ahora se han mudado al Muro de Facebook. Para peor, algún pariente se le ocurre presionarte con un "estás contra la pared". Sí, claro.

Tu jefe te pide que lo agregues a tu red en LinkedIn. Vos tenés 2400 contactos. El, 2.

Eso no es nada. Tan pronto lo agregás a tu red te pide que lo recomiendes. No da.

Lo primero que te preguntás al probar una nueva aplicación de Twitter para el celular es: "¿Cómo se borran los mensajes directos?"

Te pasaste cuatro horas chateando con un colega de otro departamento de la empresa. Por la tarde te lo cruzás en el ascensor y se produce el siguiente diálogo:
-¿Todo bien?
- Sip. ¿Vos?
- Sip.

Conociste a tus últimas tres parejas en Facebook o Twitter.

Terminaste con tu última relación por SMS

Tu última relación, al recibir dicho SMS, te respondió: "Es obvio que todavía no revisaste tu mail".

Nunca habías tenido tantos amigos. Ni tan pocos.

Cuando le decís a tu cónyuge: "Creo que no tenemos conexión", te pregunta: "¿Llamaste al soporte técnico?" Y a vos esto te parece de lo más normal.

Lo primero que se te viene a la mente después de conocer a alguien es: "Ahora llego a casa y lo busco en Facebook".

Vos seguís a tus hijos en Twitter, pero no al revés.

Sin embargo, tus hijos siguen el Tumblr de la abuela, que es una grossa total. "A ver cuándo me compartís un álbum de Flickr de mis nietos", te demandó la otra vez. Y vos que creías que madre hay una sola. Hay 2.0, por lo menos.

Tu suegra, en cambio, sigue de cerca tu Timeline.

Tu cónyuge le creó una cuenta de Twitter al gato. El (el gato) también tiene más seguidores que vos.

Ya no te olvidás del aniversario de la boda. Qué grande Facebook. Lástima que eran mejores las riñas causadas por los olvidos que la impasible regularidad de la memoria Web.

Hablando de riñas, reconciliarse por SMS tampoco tiene el mismo gusto.

"Lo que pasa es que vos no shareás , sos muy 1.0", te reclamó esta mañana tu hijo adolescente. Aceptalo, te dejó sin argumentos.

Así que fuiste a ver su blog. Está muy bueno. Le dejás un comentario y todo. Al firmar se te ilumina la mente. Ponés: Parent 1.5 .

Un proveedor te pidió esta mañana línea de fax. Le dijiste que mejor te mande un mail. A los diez minutos recibís un mail con una imagen adjunta. Es una página de Word impresa y escaneada. Te empezás a reír. Lo twitteás. En el Happy Hour se lo vas a contar a tus amigos. "Sí, ya te leímos", te cortan.

#NotaMental No tuitear todo lo divertido que me pasa porque si no me quedo sin temas de conversación .

Antes sentías que había demasiadas contraseñas en tu vida. Y tenías razón. Ahora sentís que hay demasiadas hashtags. Y también tenés razón.

Te emocionás. ¡Por fin alguien le hizo retweet a algo que vos escribiste! La alegría dura poco, no obstante: alguien te dice que el RT te lo hizo un bot , y eso porque mencionaste una marca. Lo más extravagante de todo es que entendés lo que esto significa.

La menor se encaprichó con un canario. Adiviná qué nombre le va a poner.

Sí, adivinaste.

Siempre fuiste un adelantado. Años atrás entendiste el guiño genial de Tiempo de valientes , cuando se oye el sonido del Messenger en la comisaría. El otro día, mientras la secretaria de alguien te decía que alguien estaba muy ocupado para atenderte, oíste el trino del TweetDeck . Le dejás un papelito con tu username.

A la tarde te empieza a seguir. Obviamente, no lo seguís y tampoco le respondés los mensajes. Saber es poder , decís entre dientes. Y luego de eso lo bloqueás.

El hijo mayor de tu mejor amigo acaba de ser contratado como Community Manager para una empresa multinacional. Se quiere matar. "¿Eso es un trabajo, decime la verdad?" Te pasás 45 minutos explicándole que no sólo es un trabajo, sino que es un gran trabajo. Al final parece convencido. Dice: "Bueno, qué sé yo, mejor que empiece de abajo, ¿no?" #NoEntendisteNada

Un colega te sugiere que agregues a otro, a quien le has retirado el saludo, como amigo en Facebook. Estás por rechazarlo, pero, sin darte cuenta de que es una sugerencia y no un pedido, lo aceptás, sintiéndote superior. "Al final vino al pie", pensás. Unos días después te llega el aviso: "Fulano ha aceptado tu solicitud de amistad". ¡Grrr!

"Esto hay que twittearlo" se ha convertido en un reflejo pavloviano ante cada cosa, evento, fenómeno natural o hecho gracioso, grave o insólito que ves en el mundo.

Al menos una vez tu cónyuge te ha pedido por mensaje directo que compres azúcar, café o algún otro producto indispensable.

Al menos una vez, al regresar con las manos vacías, usaste la excusa: "¡Uy, no lo vi! Hoy anduvo re mal Twitter".

Al menos una vez dijiste algo en la Timeline que pretendías decir por mensaje directo, y se rieron de vos una semana entera.

Al menos una vez te hicieron #FF ( Follow Friday ) y, lo aceptes o no, te alegró el fin de semana.

Al menos una vez te enamoraste de un avatar.

Y al menos una vez te decepcionaste.

Al menos una vez te hicieron unfollow y te dieron ganas de preguntar por qué, y al menos una vez te preguntaron por qué habías hecho unfollow.

Antes teníamos el spam. Ahora tenemos el spam y los avisos de que "han etiquetado una foto tuya en Facebook", más los que comentaron dicha foto..., y los que comentaron los comentarios. En realidad la foto ni siquiera es tuya, pero alguien te incluyó en el post y así estamos, recibiendo toneladas de mensajes no deseados.

Así que vas a Facebook y luego de pasar una tarde intentando entender la configuración de privacidad, decidís que es preferible seguir recibiendo la avalancha de mensajes.

Tu jefe te sonríe cómplice desde hace un tiempo. No entendés por qué hasta que un día en el ascensor te dice, por lo bajo: "Muy bueno el blog de la abuela, che. Qué grossa".

Los seis grados de separación ya no son lo que eran, definitivamente.

Por Ariel Torres
@arieltorres

Sábado 09 de abril de 2011

Fuente

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