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La odisea de una noche de vigilia

Al corresponsal de LA NACION en Chile le tocó vivir en carne propia, en Santiago, el temor de la población por la ola de delincuencia que siguió al sismo. Aquí, su testimonio.

La odisea de una noche de vigiliaSANTIAGO, Chile.- Desesperados golpes en la puerta de mi casa me hacen bajar el volumen de la televisión e ir a echar un vistazo. Un vecino, al que conozco de vista pero del cual jamás supe su nombre, me mira con cara de pánico. "Hay un rumor de que viene una turba de pobladores de una población cercana, armada con palos y marchando por la calle principal, a saquearnos. Nos vamos a juntar todos en la plaza ahora", me dice, sin tragar saliva.

Silencio. Mi mujer me mira con cara de angustia. Mi hija está desde hace 48 horas en la casa de mis padres, en la otra punta de Santiago, donde nunca se interrumpió la energía eléctrica ni el servicio telefónico.

Vivo en la comuna de Huechuraba, al norte de la capital, un verdadero crisol de clases sociales. Producto de la escasez de terrenos en los barrios tradicionales, a las constructoras se les ocurrió levantar casas para la clase media, provistas de parques y de condominios cerrados, en lo que antes eran canteras y sectores agrícolas. Al Este, y del otro lado de un cerro, está la población La Pincoya -emblemático foco de la resistencia a la dictadura de Pinochet-, y hacia el Sur, del otro lado de la ruta, se ubican Conchalí y la población La Palmilla, los barrios bravos de los cuales salió Gary Medel, el volante chileno de Boca Juniors.

Pese a que me han citado a innumerables reuniones de vecinos, es la primera asamblea a la que voy desde que vivo acá.

Vuelvo a escuchar el relato de la horda de desalmados que -cual turcos otomanos- vienen supuestamente a arrasar con todo. Otro vecino, que acaba de llegar en auto desde la calle, cuenta que recorrió todo el trayecto de entrada y no vio absolutamente nada: sólo silencio y oscuridad.

Los ánimos se exaltan. "Mira, si a ti no te importa, allá tú. Pero yo no voy a dejar que me roben mi casa", responde otro, y comienza a llamar a Carabineros desde su teléfono celular. El diálogo es de antología: "¿Cómo que es sólo un rumor? ¡Ustedes serán responsables si nos pasa algo!". Luego corta y nos explica algo que ya todos sabíamos. "Dicen que no van a venir, que no pueden destinar personal a cuentos de viejas."

Nuevo silencio. Alguien asegura haber escuchado algo. ¿Será la turba? Otro responde un teléfono y anuncia que están asaltando un colegio cercano. Un tercero sugiere cruzar los autos en la entrada del condominio para obstaculizar el paso.

El temor crece. Todo huele a pánico mezclado con algo de clasismo.

Por turnos
"Hay que organizarse para hacer turnos de vigilancia", gritan a mis espaldas. Entonces aparece un vecino militar, vestido con uniforme de combate y gorro, paseando un ovejero alemán. "Ok, fórmense y vamos armando los turnos por número de casa." Como presos, todos voceamos nuestras identificaciones. Me toca de 5 a 5.30 horas. Pudo ser peor.

De pronto, el ensordecedor sonido de un helicóptero sobrevuela el barrio. Desde el aire, un fuerte foco comienza a iluminar las zonas residenciales. "¡Van a creer que nosotros somos la turba! ¡Escapemos!", bromea alguien con acento extranjero, provocando risas que distienden el ambiente.

Las instrucciones son sencillas: dormiremos con las alarmas encendidas. Los vigilantes, ante cualquier eventualidad o cosa rara que vean, deberán alertar a los demás con bocinazos, cacerolazos, pitazos o lo que sea. El militar será despertado en caso de emergencia.

Me preparo: hablo con un ex compañero de colegio, de un condominio cercano, que me dice que tiene un fierro largo, que ocupó para una función similar durante la noche anterior. Agrega, con amabilidad, que puede cortarlo por la mitad con una sierra, para que yo también tenga con qué defenderme. Voy a su casa y le echo un vistazo. Es una especie de cañería metálica, cubierta con pintura negra.

"Con esto le puedes partir la cabeza a cualquiera", me explica con autoridad. Su mujer, francesa y oriunda de Metz, se toma la cabeza entre las manos: "¿A qué país me vine a meter?", pregunta. Mi amigo me mira con resignación.

Preparo café en un termo y me acuesto temprano, a la espera de mis nuevas obligaciones de vigilante. Duermo a tropezones, hasta que otro vecino, el del turno que me antecede, me entrega el testimonio.

Comparto mi trabajo de rondín con otras dos personas. Me presento y escucho historias, conozco qué pasa más allá de esa fría levantada de cejas con la que nos saludamos desde hace un par de años. Entiendo más, mucho más, sobre la angustia que representa una amenaza sin rostro ni forma. Aquello que han comenzado a llamar "el segundo terremoto": el pánico a algo que no se conoce y la fractura social provocada por desórdenes valóricos que tardarán muchos años en ser resueltos. Yo no soy distinto de nadie. Esta noche Concepción, Talcahuano, Constitución, Hualpén y Santiago son el mismo sitio.

Un gato travieso, un ruido que nunca supe qué era y alguna lejana alarma son los únicos eventos consignables en mis 30 minutos de vigilia. A veces me pregunto qué hubiera hecho de haber aparecido la turba. ¿Habría desenfundado mi cañería? Cómo saberlo.

¿Qué más puedo decir? No me siento mejor persona ni más valiente después de esto. Es más, hace varios días que tengo ganas de llorar. Pero no hay mucho tiempo para ello: esta noche [por anoche] me toca de 2.30 a 3 de la madrugada.

Carlos Vergara
Corresponsal en Chile

Fuente

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