San Fermín la hizo famosa y Hemingway la visitó siempre. La capital de Navarra también atrae por sus paseos, arquitectura y sabores típicos.
Una estampa de la España romántica que deslumbró a viajeros como Edward Hawke Locker y Ernest Hemingway. Una encrucijada de caminos desde la época medieval, cuando los peregrinos católicos que hacían el "Camino de Santiago" bajaban desde Roncesvalles y entraban en Pamplona por el "portal de Francia". El portal sigue ahí, como algunas murallas que protegieron a la capital de un reino independiente, Navarra, disputado entre Aragón, Castilla y Francia hasta que Fernando el Católico lo ocupó en 1512. Un pasado que vuelve a veces: bajo la céntrica Plaza del Castillo se hizo en 2003 una playa de estacionamiento y aparecieron restos de las termas romanas de la antigua "Pompaelo", que nació como campamento militar en el año 75 aC. por orden de Pompeyo Magno. Una pasión taurina que se festeja en San Fermín con los "encierros" -se hacen entre el 7 y el 14 de julio, desde el año 1591- narrados por Hemingway, esas carreras diarias de 800 metros entre el Ayuntamiento y la Plaza de Toros, donde los audaces corren frente a los toros. Pamplona es también la catedral de Santa María, donde las tallas religiosas de vírgenes románicas hacen pensar en retratos de Modigliani. Y es el atardecer en los bares ubicados junto a la Plaza del Castillo -corazón histórico de la ciudad- donde uno puede comer "pinchos", esa versión navarra de las "tapas", con truchas, jamón, quesos, cerdo y mil ingredientes más, junto a un vaso de vino o de "pacharán", el licor nativo.
Sorpresas y murallas
De pronto, esta ciudad de doscientos mil habitantes, que luce palacios renacentistas y barrocos, iglesias románicas, abundancia de ciclistas y callecitas medievales -entre otras, las muy castizas Zapatería, Estafeta, Mayor, San Antón, San Nicolás, Comedias- además de grandes parques públicos -como La Taconera, Media Luna, Vuelta del Castillo- también tiene ecos familiares para un argentino. Es lo que ocurre cuando uno se detiene ante ciertos nombres: el Café Iruña o el Palacio Goyeneche, ambos frente a la Plaza del Castillo; o el Palacio Ezpeleta en la antigua Calle Mayor.
Hay más para ver y todo se puede hacer a pie, porque Pamplona -que en vasco se llama Iruña- está hecha a escala humana. Creció en el Medioevo por la unión de tres "burgos" que hoy son nombres del casco viejo: la Navarrería, San Nicolás y San Cernin. Por ese laberinto de calles, se llega al edificio barroco del Ayuntamiento frente a la Plaza Consistorial. Desde sus balcones se disparan los cohetes que anuncian el inicio de San Fermín: es "el chupinazo", parte de la fiesta que sigue en las calles cercanas con bailarines, músicos o cabezudos montados en zancos. A una cuadra está el mercado de Santo Domingo, pero si se quiere descansar frente a la ribera del río Arga -que atraviesa la ciudad- allí está, detrás de la catedral, el Mesón del Caballo Blanco: un café y otro atardecer.
A pie, vale detenerse en la iglesia fortaleza de San Saturnino, o en la de San Lorenzo, que guarda la imagen de San Fermín. El Museo de Navarra, a metros del Ayuntamiento, atrae con el retrato del marqués de San Adrián pintado por Goya, su colección de mosaicos y pinturas murales. Allí están la arqueta mozárabe de Leire tallada en marfil, los frescos del siglo XIV de la iglesia de San Pedro de Olite y los capiteles románicos del claustro de la primitiva catedral de Pamplona. Pero también hay arquitectura para disfrutar al aire libre en el Paseo de Sarasate -donde está el monumento a los fueros navarros- o en la elegante Avenida Carlos III.
Vaivenes de la historia
Ambicionada por Carlomagno, las coronas de Castilla y Aragón, los Capetos franceses y los musulmanes, Pamplona tiene algo de fortaleza. Se conservan los muros de la Ciudadela -el cuartel creado en 1571 por el rey Felipe II- que las tropas de Napoleón capturaron en 1808 y los partidarios del rey español Fernando VII bombardearon en 1823. Hoy los muros están enmarcados por el Parque Vuelta del Castillo y el subsuelo está ocupado por la flamante terminal de ómnibus de la ciudad. Frente a estas murallas se levanta el Baluarte, un complejo cultural -con galerías de arte, auditorio y palacio de congresos- construido por Patxi Mangado. Otro arquitecto estrella, Rafael Moneo, rehabilitó el viejo palacio de los reyes navarros para alojar el Archivo General de Navarra.
La fiesta literaria
Por supuesto, Hemingway tiene una calle con su nombre frente a la Plaza de Toros. Cuando visitó Pamplona por tercera vez, en julio de 1925, Hemingway imaginó aquí su novela, "The sun also rises". En español se llama "Fiesta" y es una metáfora de "la generación perdida", aquella de los jóvenes estadounidenses que lucharon en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, gente que vivía exilada en París y buscaba emociones fuertes. La obra mostraba la decadencia de aquellos jóvenes oponiéndola al paisaje de los Pirineos, el escenario romántico de Pamplona y su fiesta de los toros en homenaje al patrono de la ciudad, San Fermín. Hoy, los sanfermines atraen a miles de turistas y los mochileros acampan en los parques. En esos días los precios se triplican y algunos nativos escapan. Pero el resto del año, Pamplona vive tranquila y sigue de cerca al equipo de fútbol local, el Osasuna.
Con universidades e industrias en los alrededores, Pamplona cambió mucho desde la década de 1950 pero tiene una historia agitada, ya que Navarra y el País Vasco fueron escenario de las Guerras Carlistas del siglo XIX entre liberales y conservadores. Por aquí pasaron, entre otros, el líder carlista Zumalacárregui y el liberal Espoz y Mina. Una placa instalada en 2007 en la Ciudadela recuerda que 298 vecinos de Pamplona fueron fusilados allí en 1936 al iniciarse la Guerra Civil, cuando el general Mola, franquista, mandaba en la ciudad.
Hemingway volvió a Pamplona varias veces, la última en 1959 porque, como él decía, la ciudad le recordaba su juventud. El escritor amaba ir a pescar truchas en la Selva de Irati -ubicada en los Pirineos navarros y el límite con Francia- para caminar hasta perderse entre bosques de hayas y pinos, siempre de paso por pueblos entrañables como Ochagavía, en el Valle de Salazar. De vuelta en Pamplona, a Hemingway le gustaba comer en Casa Marceliano -todavía existe- y dormir en el Hotel La Perla, que aún está frente a la Plaza del Castillo. Su habitación, la 201, se conserva intacta. En el Café Iruña y con su boina vasca, Hemingway armaba su mesa de amigos, a veces junto a Orson Welles y el torero Dominguín. Los tres hablaban de toros, mujeres y vinos. Llevaban a Pamplona en el corazón. t
La diversidad de los paisajes de Navarra está cerca de Pamplona, con excursiones a los Pirineos al norte, o la ribera del Ebro al sur.
En Pamplona se pueden comprar las tradicionales boinas vascas, botas de vino, naipes para jugar al mus y alpargatas navarras.