Mitad holandesa y mitad francesa, la pequeña isla ofrece grandes atractivos. Aventura, playas de ensueño y lujosos centros de compras.
Desde el avión, cuando la noche oscurecía el mar, parecía dibujada en el agua por un cartógrafo inspirado. Bordada de luces que parecían estrellas, alcancé a verla como un presagio encantador. Enclavada en el Caribe Oriental, en el arco antillano más alejado del continente americano, en ese pequeño punto que se observa desde el aire, justo allí, podría decirse que nos aguarda el paraíso tan añorado. Allí nos aguarda Sint Maarten.
Cualquier fantasía de un mundo ideal rodeado de playas paradisíacas (el lugar común no molesta en este caso), gente simpática, palmeras de troncos finos peinadas por el viento y atardeceres anaranjados sobre el mar, parece realizarse en esta isla. Pero Sint Maarten es todo eso, y mucho más.
En el aeropuerto nos esperan con una pulsera multicolor, en cuyo dorso lleva impresa la siguiente leyenda: "Una isla, dos países, un amor". Y eso -que en otro caso no sería más que un eslogan publicitario- fue una clave para empezar a conocer el espíritu del lugar. Después sabría que la isla tiene soberanía compartida por dos países: un lado corresponde a Holanda (donde la isla se llama Sint Maarten) y otro a Francia (Saint Martin). Entre los habitantes, hay inmigrantes de más de 70 países, algo que, en el plano cultural, la vuelve muy rica y colorida. La gente convive en un clima de armonía y respeto.
Joe, nuestro guía, nos busca en el Sonesta Maho Beach Resort -en pleno centro de Philipsburg, capital de la parte holandesa- para realizar un reconocimiento general de "La isla amigable", una frase que se repite en calcos pegados en las patentes de los autos.
La ruta casi nunca se aleja de la sinuosa orilla marítima. Llegamos a La Samana, un lujoso y agradable hotel que suele ser visitado por Leonardo di Caprio y Robert de Niro, entre otras figuras célebres del mundo del espectáculo. En el pasado se alojó allí Jacqueline Onassis.
Muy cerca, se levanta el Christian Dior Health Spa, un centro especializado en saludables mimos para el cuerpo y el alma. Un mundo de lujos y placeres.
Estallido de colores
A los pocos kilómetros de partir del hotel Sonesta, llegamos al lado francés de la isla. Casi no nos habíamos dado cuenta, ya que la frontera apenas está señalada por un pequeño cartel.
En Marigot, la capital, caminamos por calles prolijas, distinguidas y perfumadas. Frente al mar se despliega un gran mercado a cielo abierto, donde compiten más de cien puestos a cargo de artesanos, artistas y vendedores.
Legumbres, frutas, verduras y pescados del día se mezclan tejiendo una colorida textura.
También hay una gran variedad de puestos de especias, que aromatizan el mercado: canela en rama, orégano, pimentón, cebollín francés, vainilla, curry. Todas rivalizando en fragancia y color.
Detrás del mercado está el puerto. Desde allí zarpan catamaranes y embarcaciones rumbo a las cercanas y exclusivas islas de St. Barth y Anguilla. Yendo hacia el centro, por las calles Liberté y Republique (que evocan los agitados tiempos de la Revolución Francesa), se suceden tiendas de renombre, como Tiffany, Hermes y Rolex.
También alternan galerías de arte y coquetas pastelerías y restaurantes rodeados de bulevares, plazoletas, pérgolas y anchas veredas con cafés.
De regreso al puerto, frente a las marinas, hay un moderno centro comercial (de varios pisos y con ascensor transparente), donde también exhiben sus productos las principales marcas francesas.
Muy cerca de allí se encuentra el Fuerte Saint Louis, construido en 1767. Desde allí toda la bahía Marigot entra en el campo visual hasta desbordarla de barcos, olas y ensueños.
Retomamos la ruta y, al pasar por la espléndida bahía de Grande-Case, vemos cómo los vientos alisios barren las olas y las corrientes marinas, algo que es aprovechado por surfistas y amantes del parapente.
Por las calles de Philipsburg
De regreso al lado holandés, almorzamos en Dawn Beach, en el parador Mr. Busby's, donde sirven deliciosas langostas grilladas y una bebida típica: el guavaberry, un fruto de la zona que, combinado con ron y azúcar, da su nombre al trago. Mientras lo saboreamos, escuchamos por primera vez el sonido hipnótico del still pan (originario de Trinidad), un instrumento de percusión que recuerda a los platillos de batería y que está fabricado con barriles de petróleo.
En Philipsburg, una ciudad pequeña donde se amalgaman la arquitectura creole, las edificaciones antiguas que evocan modelos de los Países Bajos y otras más recientes de estilo mediterráneo, está el interesante museo histórico, donde se exhiben desde herramientas, mobiliario, vestimentas de lujo y vajilla de hace varios siglos hasta máquinas de coser y otros elementos que trajeron los primeros holandeses que habitaron la isla.
Además, se exponen rústicas canoas, ropa típica y herramientas utilizadas por los indios arawak, primitivos habitantes de estas tierras.
El centro de la ciudad está ocupado por el edificio Court House, el Palacio de Justicia, con su fachada de listones de madera. En la cúpula se ve una piña que, por momentos, se asemeja a una cruz; en realidad, es un símbolo de bienvenida y buena suerte.
Los pescadores del lugar, casi como un ritual, la miran para obtener buena ventura y protección de las inclemencias del mar. Allí nace una calle peatonal, bordeada de palmeras y bancos de plaza, y más adelante el bello malecón que invita a un reparador descanso frente a la costa.
Luego, el recorrido de rigor es por Front y Black Street, dos calles cosmopolitas y elegantes, donde los negocios de diamantes, esmeraldas, joyas, carteras y perfumes deslumbran por su fastuosidad.
También hay locales de venta de productos electrónicos de última generación y de bebidas alcohólicas de todo el mundo.
A navegar
Una de las excursiones más interesantes y divertidas consiste en un minicrucero de un día en el catamarán Golden Eagle. La embarcación navega cerca de la costa durante dos horas. Pasa frente a la bahía de Philipsburg, sigue su marcha hasta el hotel La Samana y atraca allí, a unos trescientos metros de la costa.
Mientras servían bocaditos y bebidas frescas entre los pasajeros que quedaron a bordo, me zambullí en el agua turquesa. Nadé hasta la orilla, caminé por la arena, levanté trozos de coral y caracoles grandes que luego dejé donde estaban. Todas las playas de la isla son públicas. Hay 37, con arenas blancas y mar cálido.
La tripulación del crucero repartió flotadores para quienes querían disfrutar de una cerveza en el mar y escuchar música alegre, como reguetón, reeage, compá haitiano y calipso.
El regreso fue al atardecer, con los corazones más livianos y el espíritu renovado. Saint Maarten provoca estas sensaciones.
Por la noche, cenamos en el restaurante Temptation, del chef Dino Jagtiani. Una deliciosa experiencia. Degustamos una tortilla de cangrejo y verduras, langostinos grillados y, de postre, helado de albahaca.
Jagtiani, café de por medio, comenta que sus padres vinieron de luna de miel a la isla de Sint Maarten desde la India, que se enamoraron de la isla y se quedaron. El chef nació en el viejo hospital de Philipsburg, que, paradojas del destino, hoy es un shopping.
La magia del mar
Al día siguiente, es el turno del turismo aventura. Juan Pablo Piscione, un argentino que reside en el lado francés y trabaja en el lado holandés, organiza paseos en kayak, mountain bike y snorkel, entre otras actividades.
La experiencia de hacer snorkel en el Caribe es deslumbrante, explorando el fondo del mar perseguidos por cardúmenes que parecen un ejército multicolor. Se pierde la noción del tiempo y del espacio en ese mágico mundo. El regreso a la costa es en kayak, otra experiencia inolvidable, aunque extenuante.
Por la noche, cenamos en el restaurante argentino Mooi (significa linda, en holandés). La atención es impecable, igual que la presentación de los platos y el servicio. Imperdible: mousse de mango y el trago Sex by the lagoon (a base de ron, alcohol de melaza, coco y lima).
El último día, luego de este itinerario poblado de gratas experiencias, se empieza a entender que Sint Maarten y Saint Martin tienen dos estilos de vida muy distintos, pero que se complementan y se potencian. Bellezas naturales, vida nocturna, exquisita gastronomía y la simpatía de la gente son algunos de los ingredientes de ese delicioso cóctel. Quizá por todo eso sea tan difícil para el viajero olvidarse de esta paradisíaca isla que flota en la aguas turquesas del mar Caribe.