The Cult. El grupo inglés, al mando de Ian Astbury, colmó de clásicos -y gente- la noche del martes en el Teatro de Flores.
Barba, bandana roja, anteojos negros y una panza desconocida para quien pudo -y supo- transformar el maquillaje y palidez del “dark” ochentoso y llevarlo al terreno del hard rock, reinventándose. De tocar en estadios locales hasta colmar salas pequeñas, hacer pausas en su carrera y volver más fuerte y renovado. Ese es Ian Astbury; eso es The Cult.
Con un look cercano al de un ex veterano de la Guerra de Vietnam (con campera camuflada incluida) pelo largo y cierta frialdad, la imagen roots de Ian (que dista de sus fotos promocionales) tiene un excelente correlato en esa voz limpia, cruda y potente que se mantiene inalterable desde 1981. Aunque la imagen de este sello de culto se aleja del emblema oscuro de antaño y acerca (demasiado) a los últimos años de su ídolo Jim Morrison. Pero ésa, es otra historia.
Al segundo tema de la noche, Rain, un clásico sin tiempo donde Astbury (pandereta en mano) taconeaba su bota blanca derecha, haciendo su clásico paso de media patada hacia atrás que también se lució en la gema She Sells Sanctuary, uno de los temas más festejados de la noche del martes.
En la hora y media de show, el sonido fue limpio, ajustado. Sin saturar. La voz de Astbury, sin altibajos e intacta, barrió con la guitarra histórica de Billy Duffy quien a su vez eclipsó escénicamente al bajista Chris Wyse y al violero Mike Dimkitch. El que atronó fue John Tempesta (un ex Exodus y Testament, entre otros), la vena heavy de The Cult que aporreó parches y platos a discreción metálica.
Pero el foco siempre está en Ian, quien mostró su veta quejosa: retó a un fotógrafo al pie del escenario, tiró un retorno de sonido, revoleó su pandereta, pidió a la gente que no saque fotos con flash y hasta simuló tomar cerveza y eructar diciendo que quería a los ebrios afuera del recinto. Ni hablar de como, entre algunos temas, silenciaba a un público dócil, que sólo tuvo actos de desubicación en contados revoleos de vasos de plástico con algunos líquidos incluidos.
El cantante británico, que tenía enraizado al frente del tablado de Flores los colores de la bandera del país del norte en donde en lugar de estrellas, habían cruces, agitó con Sweet Soul Sister y White. Luego bajó su potencia vocal en Saints Are Down para, después de Ghost Dance, despacharse con un curioso quiebre de show: la proyección de un corto, sin sonido, en el cual aparecieron imágenes abstractas, desérticas con frases inconexas.
Las flores que se deshojan en las pantallas para Embers y Go West cierran la parte psicodélica y “volada” del show. Se acercan los bises pero antes, entre otros, la mítica Wild Flower y el momento poguero de la noche: Love Removal Machine, donde la masa se sacudió y los cantitos sellaron otro pacto de amor con los locales.
En 2002, Astbury fue elegido por el guitarrista Robby Krieger y el tecladista Ray Manzarek para estar al frente de The Doors 21st Century. Y sentirse Jim Morrison. “Vengan mañana (en referencia al show de ayer en el Teatro de Colegiales), vamos a tocar canciones diferentes. Y quizás me desnude”, arenga Astbury. Luego del gran Spiritwalker asomó el cierre sorpresa: el rocker Break On Through (To The Other Side), la prueba tácita de que la mítica figura del Rey Lagarto fagocitó parte de Ian.«