Siempre tenía entre mis proyectos de viaje volver a Cuba. Sus bellezas naturales y contrastes me habían seducido dieciséis años atrás?
Cuando Idael, mi amigo cubano, residente en Buenos Aires desde hace unos años, me invitó, no lo dudé.
Cuba es un lugar que me impactó la primera vez por diversas razones: sus lugares paradisíacos; la forma en que viven o sobreviven los cubanos, debido al sistema de gobierno que los obliga a desarrollar la creatividad, y todo sobre una base cultural rica y vasta que convive armoniosamente aún hoy con fuertes influencias africanas.
La noche que llegué el mar me dio su bienvenida, rugiendo estruendosamente y cada tanto asustando a los transeúntes que caminábamos por el Malecón.
Quería descubrir qué había cambiado después de todos estos años; fui sorprendida por esa ciudad colonial y encantada, al mismo tiempo, desde hace más de cinco siglos, con sus fachadas restauradas. Realmente parecían escondidas detrás de las huellas del paso del tiempo. El responsable de tan importante cambio es el historiador Eusebio Leal Spengler.
La Plaza Vieja luce colorida, renovada y sigue teniendo de fondo sus sandungueros ritmos bailables. Este lugar sería imperfecto sin estas músicas. Además, pude retratar a una pareja que acababa de dar el sí, frente a Dios. Ella con su inmaculado vestido blanco y ambos brillando de felicidad.
Viví unos días a unos pasos de la plaza, en una vivienda que tenía en el portón un cartel que decía En esta casa se hacen bordados. Pensé que era un cartel olvidado, pero no, era absolutamente vigente. Cristina, la dueña de casa, se ganaba la vida bordando para el barrio. Mientras tanto don Sánchez, su esposo, contaba henchido de orgullo su época como soldado de la revolución. Fue él quien me llevó a conocer los mercados populares habaneros, donde todo era bullicio, colores y movimiento. A partir de nuevas medidas económicas forzadas, los cubanos tienen sus pequeños negocios propios. Comparando la experiencia anterior, recuerdo cuánto me impactó ver una ciudad sin negocios. Algo impensado. Admito que ahora es diferente.
Volví a viajar en las famosas machinas de la década del 50 que hacen recorridos, llegando a determinados puntos de la ciudad. Autos comodísimos, coloridos, algunos increíblemente conservados, sólo hay que compartir el viaje.
Recordaba el helado de Coppelia, en el barrio del Vedado, pero deseaba saborearlo nuevamente. Dicen que Fidel Castro quiso ponerle a la heladería Sierra Maestra, pero alguien lo convenció de optar por el nombre del famoso ballet. Ríos de personas hacen fila para tomar los ricos helados.
Pude ver desde lo alto, en dos ocasiones, la famosa capital de la isla. Una fue desde el edificio Bacardi, donde hay una cámara oscura, desde donde se ve la ciudad. Y un atardecer hice una interminable sesión de fotos desde el campanario de la iglesia del Santo Angel Custodio, una construcción del siglo XVII, con esa luz única en el momento en que la oscuridad quiere adueñarse del cielo y la claridad se resiste, dando paso a colores fantásticos, resultantes del combate.
Roberto, otro amigo cubano, me invitó al Teatro Lírico Nacional de Cuba a ver ballet: Don Quijote. Simplemente maravilloso, bajo la dirección de la excelsa Alicia Alonso, que estaba presente en el emblemático teatro. Me dolieron las manos de tanto aplaudir.
Es recomendable hacer la excursión a Las Terrazas, en Pinar del Río; dentro de la Reserva de la Biosfera y donde están las ruinas de los cafetales franceses que datan del siglo XIX, donde se puede practicar canopy y observar el lugar desde el aire a través de rieles. Gran cantidad de artistas plásticos eligieron este pequeño edén para sus inspiraciones. Sólo a 70 kilómetros de La Habana, con el río San Juan esperando para darse un chapuzón.
Para despedirme del lugar asistí al rito de cañonazo, en la Fortaleza de la Cabaña. Se realiza cada noche, a las 21 en punto, frente al mar, que con la oscuridad de la noche le da una magia especial. Se recuerda, majestuosamente, cuando se anunciaba la hora de cerrar las puertas de la muralla, en tiempos de corsarios.
También traje, como parte del bagaje que me había dado esta vez Cuba, la manera en que las cubanas les dicen a los hombres cuando están buenos. Se les dice colirio porque hacen bien a los ojos.