Litto Nebbia: Yo no sé lo que es jugar a la pelota
Precursor del rock nacional, se siente músico desde los 8 años, cuando un panadero le prestó su guitarra. Dice que sus juegos siempre se relacionaron con el arte. Hoy vuelve a La Perla, 44 años después.
Andar campechano, ni prócer ni leyenda. Cruza una calle cualquiera de Coghlan, saludado -y saludando- al paso, más como un vecino que como una figura. “Tomamos un feca acá, ¿te parece?”, pregunta en el umbral de un bar cualquiera de Buenos Aires. Como el que podía haber sido para él, hace 44 años, aquél en el que un día del ‘67 compuso La balsa (junto a Tanguito), el mismo sitio en el que esta noche volverá a tocar esos acordes. “Ahora La Perla es un lugar emblemático, pero para nosotros era la única confitería de Once que estaba abierta de madrugada ... Nosotros entrábamos ahí porque teníamos un tornillo bárbaro y no sabíamos dónde meternos, ésa es la verdad”, confiesa Litto Nebbia, un tipo que no le cambia los colores al pasado. No inventa mística para enriquecer (aún más) la historia.
Su presente, solito, da cuenta de ese pasado en el que zarandeó el rock nacional, entre otros géneros que lo tuvieron como protagonista. Y él lo recrea con sencillez, con un cortado, un librito de hojaldre, en una mesa arrinconada de un bar común. “A mí me gusta este tipo de lugares... No esas confiterías de Corrientes que antes tenían estaño donde uno podía apoyarse y ahora están todas tan retocadas que parecen bares egipcios”. Sin melancolía a la vista, lo vivido aparece en su relato como aquellos buenos viejos tiempos, aunque no todos hayan sido tan buenos.
Nacido en Rosario hace 61 años, Félix fue Felito, y Felito derivó en el Litto que lo consagró en la música nacional, ésa en la que supo derribar fronteras “con aires de (ver La anécdota). Yo, por ejemplo, nunca toqué jazz propiamente dicho y tengo miles de discos de jazz en mi casa: toco cosas mías que sí pueden tener un espíritu jazzificado. Desde el vamos traté de evolucionar y meterme en distintas direcciones, lo que significa hacer lo que a uno le gusta, pero, al mismo tiempo, enredándose en ciertos quilombos ... porque hay un montón de gente a la que no le gusta eso. Siempre quise patear la estantería, nunca me quedé con el kiosquito de lo seguro. Sin subestimar a nadie, si hubiera apostado a eso, habría terminado como terminan algunos tipos, que durante 40 años cantan únicamente las mismas canciones”.
Tipo difícil de encasillar, se hace fácil ubicarlo, sin embargo, entre los más queridos de los artistas populares. “Hoy siento que estoy reconocido en todo lo que hice, tanto en el rock, como cuando me metí con el jazz, con el tango o el folclore. Yo no podría hacer esto de otra manera, porque soy rosarino, nieto de andaluces y piamonteses, vivo en Buenos Aires, viví en México y ando viajando todo el tiempo... Tengo una mezcla infernal”, traduce el dueño de Melopea, el sello discográfico independiente que lo pinta tan bien.
Frente al bar donde se construye la charla, el estudio -montado sobre la vieja casa de su madre- huele a artesanal, a posible: “Vos vas a un sello grande y te palpan de armas. Acá venís, entrás y manda la música, la buena onda”. Padre de Miranda, de 28 años, cuenta que “Melopea nació porque para grabar un disco te tenía que dar el okey el director de la compañía, con observaciones comerciales que siempre están reñidas con lo artístico. Como eso me cabreaba mucho, me las tomé y dije ‘Voy a ser mi propio dueño’. Y con poquita plata y mucho sacrificio lo fui armando ... Si hacía shows, levantaba paredes, si no, la obra esperaba”.
Fanático de Los Beatles, recuerda que “la primera guitarra la tuve a los 8 años, porque me la prestó un panadero. Nosotros no teníamos un mango. Mis viejos eran músicos y bohemios, eran conocidos por el prestigio, pero guita no había ni de casualidad. Es más, había meses en los que yo los mantenía, porque de muy pibe tenía un programa semanal en LT 8... En realidad ibas a tocar a esos auditorios maravillosos que tenían las radios de antes. Mi mamá tocaba el piano en LT 2 y mi papá actuaba en LT 3. Eran épocas bárbaras”.
En esos tiempos, también “veía doce películas por semana, porque a mi viejo, que era muy querido, lo dejaban entrar gratis a los cines. Y después yo jugaba a tocar o a lo que veía en la pantalla, así me divertía. Te digo más, yo no sé lo que es jugar a la pelota”.
Rebelde con causa (“pero no tuve necesidad de ser rebelde con mis padres”), a los 17 dejó su tierra natal para instalarse en pensiones porteñas “y vivir de lo que quería. A mí me educaron con frases del tipo de ‘Hacé lo que quieras’, ‘Luchá por lo que quieras’ y eso traté de hacer. A veces no tenía ni para chicles y hasta dormí en plazas, pero no me entregué”, sintetiza el músico que durante la dictadura tuvo que exiliarse en México: “Y en el ‘81 volví, necesitaba volver”.
Como volverá hoy, más de 40 años después, al mítico bar donde compuso el tema que hoy resignifica una esquina del Once, pero que a él lo mantiene fiel a su esencia, “con menos pelo” -según describe al adolescente que fue-, pero con la misma filosofía. La de la sencillez. «