Cuando nació la primera, nos juramos con mi mujer burlar el destino y hacer como que la vida seguiría igual. No arrancamos nada mal: al quinto día de haber llegado Agustina, los tres marchamos, en una fría noche invernal, a comer afuera.
Pero el destino tenía reservado para nosotros una vida un tanto más intensa: detrás de Agustina vino Mariana y, al cabo de un tiempo, Julieta. El consabido -o, mejor dicho, la consabida- bonus track se llamó Paloma.
Sí, definitivamente, me encantan las mujeres (especialmente crearlas, ja). Los varones no me salen, ni tampoco los echo de menos. Del abecedario prefiero la "a" a la "o", pero considero que no hay mejor combinación de letras que "xx".
Durante varios años, nuestra vida fue una sucesión ininterrumpida de pañales y mamaderas, risas y llantos, batitas y escarpines rosas, infinidad de levantadas a la madrugada para acompañarlas al baño, disipar un mal sueño o controlar un broncoespasmo.
También los balbuceos se convirtieron en palabras y llegaron los cuadernos, los actos escolares, las fiestas de cumpleaños y las materias a marzo, multiplicados por cuatro.
No las pudimos ayudar mucho con las matemáticas por nuestra incurable alergia a los números, pero, al menos, se beneficiaron con mis lecturas en voz alta al irse a la cama (siempre y cuando no me quedara dormido antes que ellas frente al libro, vencido por el cansancio).
Crecieron muy lindas, diferentes e interesantes por dentro y por fuera. Los juguetes y muñecos dieron paso a maquillajes, largas peroratas telefónicas, facebooks, mensajitos y salidas a bailar. Nunca imaginé que mi vida iba a transcurrir entre tantos corpiños, bombachas y tacos altos, ni que iba a demorarme tanto en mi auto esperando que mis cinco mujeres más queridas se decidieran a bajar.
Confieso que cuando me enteré de este estudio me quedé bastante perplejo. Según sostiene el informe, habíamos sido de lo más felices cuando estábamos apenas al 50 por ciento de nuestra producción, pero la verdad es que estuvimos tan ocupados en atender por entonces a las dos primeras que ni tiempo sobró para celebrar ese supuesto estado de gracia.
En cambio, con conocimiento de causa -ya que soy padre de cuatro mujeres desde hace 18 años-, puedo afirmar que la vida, en vez de convertirse en un negro Apocalipsis, se volvió una desopilante sitcom de puertas que se abren y se cierran, con preocupaciones y alegrías de todos los tamaños, inevitables estridencias y mucho, mucho perfume de mujer.
No creo en la felicidad permanente, pero sí en sus frecuentes ráfagas si sabemos predisponernos a ellas, esos chispazos que aparecen en comidas y viajes compartidos, en una caminata junto al mar, en pequeñas confidencias, en los reencuentros que sobrevienen a los enojos. En fin, en el humor filoso con que nos gusta caricaturizarnos.