Castillos y monasterios, pueblos imperdibles y leyendas de amor en las provincias de Huesca y Teruel.
ZARAGOZA.- Hay mucho para hacer y conocer en la Comunidad Autónoma de Aragón después de caminar de arriba abajo su imperdible capital, por la que anduvimos el domingo último. Si se va en auto o combie, aunque también es posible tomar el tren, no habrá que pagar un céntimo de peaje, ya que se trata de autovías gratuitas y suaves como la seda. España mejora el humor.
Norte
Una posibilidad es enfilar hacia la comunidad de Huesca, al Norte, donde hay para elegir, según preferencias y estaciones del año. Ahí está Jaca, antigua ciudad romana que fue primera capital del reino, paso obligado del Camino de Santiago, y hoy animada y colorida villa turística eje de deportes de invierno, Capital del Pirineo, donde recibe la Ciudadela, castillo pentagonal y amurallado mandado a construir por Felipe II a fines del siglo XVI. Cruzando la calle, cuadras arriba está su catedral del siglo XI, considerada el exponente más notable del románico español, donde los peregrinos medievales hacían sus paradas. Las calles de Jaca son tan angostas como las zaragozanas, aunque no tanto como las de Albarracín, el pueblo con los mil tonos de rosa que también visitaremos. Hoy brilla el sol y, con él, las cumbres nevadas de los Pirineos, casi a la mano.
Loarre, con fantasma
Antes o después de visitar Jaca, a 150 km de Zaragoza y a 30 de Francia, espera el castillo de Loarre, la fortaleza de estilo románico mejor conservada del mundo, informa Javier Plácido, guía y filólogo, que en este lugar le dejará la posta a una suerte de hombre de las cavernas ilustrado que habita en el pequeño pueblo del mismo nombre. Se trata de un castillo feudal amurallado en lo alto de la roca, donde vivía el noble nombrado por el rey y su centenar de hombres, construido a mediados del siglo XI, tomado por los moros, reconquistado por los cristianos y habitado hasta el XVI. Todo impacta, la torre del vigía, el Mirador de la Reina y los torreones semicirculares, la iglesia en la que ingresa la luz natural de manera prodigiosa, los pasillos, rincones y escaleras, y la oscuridad total del calabozo adonde iban a parar los rebeldes o enemigos. Para terminar muriendo de frío. Aunque de frío también se morirían los soldados y sacerdotes, ya que el lugar fue luego convento agustino, durmiendo sobre las piedras heladas y apenas protegidos por trapos que, como ellos, nunca se lavaban, "víctimas de pestes, infecciones bucales y con 35 años como esperanza máxima de vida", espanta Alberto González, el guía del castillo, que con igual intensidad señala y traduce la máxima tallada en los capiteles: Oíd, ved, callad . "Es que si a estos hombres se les iba la lengua les cortaban la cabeza", completa. Después, un recuerdo para Violante, la fantasma oficial de Loarre, que aún llora en palacio su frustrada historia de amor. Y si a alguien la fortaleza le suena conocida, por algo es: la vio en alguna de las películas que aquí se filmaron, entre otras El reino de los cielos , de Riddley Scott.
Bajo la piedra
Otra posta cercana e imponente, viaje sin escalas al siglo IX, es el Monasterio San Juan de la Peña, construido debajo de la inmensidad de la roca por los benedictinos, hasta donde San Lorenzo habría traído el cáliz del que bebió Cristo en la Ultima Cena, que hoy se considera el de Valencia, aunque aseguran que la base del que aquí se exhibe podría ser la original. Pinturas de San Cosme y San Damián del siglo XII; el Panteón de los Reyes (están enterrados los primeros monarcas de Aragón y Navarra); la capilla gótica, y un claustro románico lleno de simbolismos donde es posible ver, por ejemplo, a un santo con gorro de dormir. El monasterio, que fue importante centro económico y eje de la Reconquista de Aragón, está tan integrado al paisaje que con él es parte de un conjunto protegido.
Y si a esta altura se quiere almorzar, una posibilidad es ir a la Hospedería de San Juan de la Peña, al lado del monasterio nuevo, del siglo XVII, donde también se puede pasar la noche: en temporada alta, 195 euros la doble.
Un reino natural
Ya de nuevo en la ruta, va perfilándose el reino de los mallos, grandes pirámides naturales terciarias, de 300 o más metros de altura. Conforman un circuito paradisíaco para los escaladores por la verticalidad de sus paredes y para aquellos que se conforman con mirarlos desde abajo, a un paso d>e las plantaciones de almendros y olivares, mientras planean los buitres, con reserva en el lugar. Mallo viene del latín mallium , martillo, que eso parecen los mallos de Riglos y los de Murillo, con pueblo al pie y reliquias de todos los tiempos en cuevas, también de los peregrinos de la ruta de Santiago que por dos caminos bajaban desde Francia.
Sur
Ahora cuesta abajo unos 180 kilómetros por la autovía que une Zaragoza con Sevilla esperan Teruel y sus célebres amantes, historia de un amor imposible del siglo XIII que se cuenta y el pueblo dramatiza en cada aniversario, fuente de inspiración de obras musicales, pictóricas y literarias. Después de varios destinos yacen ambos cubiertos por lápidas de mármol, tomados de la mano en su mausoleo, al que habrá que visitar antes o después de recorrer esta ciudad de 35.000 habitantes, varias de cuyas edificaciones son patrimonio histórico de la humanidad desde 1986.
Se mire donde se mire, Teruel es una obra de arte, árabe, mudéjar, colorida y también inclinada; vaya por ejemplo la notable torre-puerta de San Martín, construida en ladrillo y cerámica policromada con el verde como tono central, el color del paraíso para los árabes, que lejos de erguirse derecha se orienta hacia el Sur, donde más golpea el sol y por lo cual durante su construcción, en el siglo XIII, se secaron más rápidamente y torcieron los ladrillos de ese lado.
A escasas cuadras, en la Plaza Mayor, con las españolísimas tascas sobre la calle y el riquísimo jamón de Teruel presidiendo tapeos, mira desde lo alto de un pedestal el Torico, pequeña escultura de un toro bravo, símbolo de esta ciudad donde no puede dejar de visitarse nada, menos que menos la iglesia de San Pedro, de los siglos XII a XIV, donde a su muerte enterraron a los amantes, y la catedral, considerada la Capilla Sixtina del mudéjar, con retablo y techo renacentista.
La vida color de rosa
A más de 1000 m de altura, colgado de las sierras, a pocos kilómetros de Teruel está Albarracín, un pueblo de cuento con distintos matices de rosa y ocre dada la oxidación de sus construcciones, de orígenes remotos e inciertos, y una historia medieval de autonomía en gran medida posible por hallarse en medio de la roca, rodeado por el río Guadalaviar.
Albarracín es toda una rareza, con no más de mil habitantes que desde sus ventanas pueden darse la mano con los vecinos de enfrente, o incluso medirse en pulseadas, o fundirse en abrazo si así lo quisiesen. Es que sus viejas casas se ensanchan hacia arriba con voladizos insólitos, que llegan a duplicar y más el ancho de su base, con ventanas de madera estilo musulmán. La Julianita, en la calle Santiago, es una de las más famosas, aunque por todos lados hay balcones, techos, medianeras, ventanas y altillos que se encuentran, superponen y confunden.
El antiguo Palacio Episcopal es uno de sus monumentos célebres, igual que el de los Monteverde y la muralla que trepa la roca, de los siglos XII y XIV. Pero el reconocimiento los excede: Albarracín todo es monumento nacional de España por su conjunto histórico y artístico.
El título podría extenderse a lo gastronómico en Casa de Santiago, hotel y restaurante que también funciona como centro cultural y ocupa el solar más antiguo del pueblo, hace siglos perteneciente a la Orden de los Caballeros de Santiago y luego al clero.
Lo cuentan sus dueños, Jesús y María Jesús Jiménez, matrimonio del lugar, que no lo cambian por ningún otro. "Acá se vive en paz, hay cura, médico, farmacia y centro sanitario, se conoce a todos los vecinos y se come bien", dice el anfitrión, que dejó el oficio de camionero para armar este proyecto con su mujer, maestra de la cocina casera. Hoy se luce con una picada inolvidable, sopa de ajo, cardo en salsa de almendras y el noble cordero aragonés o ternasco asado. Un menú semejante al que ofrecieron a Letizia y Felipe, que durante su luna de miel hicieron una posta en Albarracín. "Sin que nadie supiese nada y menos nosotros; cuando nos dijo la vecina que los príncipes habían llegado y estaban en casa no lo podíamos creer", se ríen los Jesús, anfitriones a buen precio: la habitación doble, 64 euros con impuesto incluido. Hay que ir.