De cara a las elecciones, prevalece la indefinición por sobre los acuerdos
Tomo prestado el título de un libro clásico de la teoría política del siglo XX, Política y visión , escrito por Sheldon Wolin. La política, es sabido, no sólo evoca una contienda para obtener y conservar el poder, sino el conjunto de acciones que buscan plasmar visiones acerca del mejor de los regímenes posibles. En clave democrática, el trance en que se cruzan estas valoraciones tiene un carácter plural y adquiere más relevancia en encrucijadas electorales como la que actualmente está adquiriendo forma en nuestro país.
Es una forma por cierto cuestionable, dado el caos normativo que parece regir los comicios de este año en sus diferentes niveles: comicios provinciales, elecciones primarias nacionales en agosto, elecciones generales en octubre con probabilidad de efectuar una segunda vuelta electoral. El presidente de la Corte Suprema y los tres miembros de la Cámara Nacional Electoral alertaron a la ciudadanía acerca de la ignorancia que revelan las encuestas respecto del complejo mecanismo de la ley de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) y del decreto que las reglamenta. La gravedad de esta circunstancia deriva del hecho de que un vacío de conocimiento público puede traducirse, desde el punto de vista subjetivo, en un vacío de legalidad.
No sabemos con claridad de qué se trata, entre otros motivos porque participaremos en una elección inédita en la cual un buen número de partidos chicos, si no superan en agosto el piso del 1,5% de los votos válidos emitidos, no podrán intervenir en los comicios generales de octubre. Esta no es la única de las nuevas limitaciones fijadas por unas elecciones primarias que, de no ser "creíbles, transparentes y confiables", como ha dicho del sistema electoral argentino el presidente de la Cámara Nacional Electoral, podrían acarrear serias dificultades con vistas a las elecciones generales.
Hay plazos estrechos para procesar los escrutinios y las campañas acotadas en relación con el uso asimétrico de la propaganda (severamente limitado para los partidos y muy laxo para la propaganda oficial).
Entretanto, pese a estos inconvenientes, están asomando en el proceso electoral dos rasgos que, quizá, valga la pena destacar. El primero tiene que ver con la decantación de las candidaturas presidenciales; el segundo, con la estrategia de poder del Gobierno aplicada a la sociedad civil.
La intención de quienes formularon las PASO procuró abrir una competencia entre dos o más candidatos en el seno de los partidos y las alianzas. La respuesta que el electorado está espontáneamente armando se sitúa en las antípodas. No parece que hubiese competencia en el justicialismo y el radicalismo. Hay, más bien, concentración de liderazgos. En el justicialismo todos los actores, aunque con intereses diferentes, juegan la carta de la reelección presidencial; en la UCR, el liderazgo de Ricardo Alfonsín ha avanzado sin pausa, y se destaca entre los candidatos, según algunas encuestas, con la imagen más alta en cuanto al promedio entre opiniones positivas y negativas.
Si a ello sumamos la defección de Pino Solanas como candidato a la presidencia, la candidatura ya establecida de Elisa Carrió (fue la primera), el ocaso del Peronismo Federal y las dudas que hasta el cierre de esta columna asaltan a Mauricio Macri en cuanto a su proyección nacional o local, podemos observar un cuadro cuyos matices desmienten el perfil de un oficialismo unificado, indemne a los errores y ganador descontado ante oposiciones irresolutas y fragmentadas. Por ahora, daría la impresión de que el electorado estuviese también buscando otras orillas.
Esto no significa que los dados ya están echados. Significa sí que las oportunidades para la alternancia aumentan cuando se van formando liderazgos confiables, imbuidos de la voluntad de ganar y dispuestos a levantar el reto de que nada en la democracia está fijado al modo de un elemental determinismo (por ejemplo, el que declara que sólo el peronismo es capaz de gobernar la Argentina).
Porque, en definitiva, ¿qué clase de gobierno, mediante la reelección, reproduciría indefectiblemente esa admirada vocación de poder? Se afirma que, si un líder de la oposición llegase a derrotar al oficialismo, al país lo anegaría de nuevo la impetuosa corriente de la ingobernabilidad. No se dice, en cambio, que si las estrategias de poder del oficialismo llegaran a consumarse, el país vegetaría en el páramo de una sociedad inflacionaria, por ende con más pobres, cruzada por arbitrariedades imprevisibles, con un Estado incompetente en materia de inseguridad, y capturada por las redes del capitalismo de amigos y de las corporaciones sindicales. En ella, las empresas y el comercio exterior estarían sometidos a regulaciones que atentan contra la inversión y se acentuaría el aislamiento de un Poder Ejecutivo sin mayoría en el Congreso (hay una alta probabilidad de que después de octubre el bloque de diputados del oficialismo se reduzca todavía más), que además entabla a diario una relación opaca con el Poder Judicial pues no acata muchas de sus resoluciones.
En el debe y el haber, el horizonte de la ingobernabilidad, o de gobernabilidades maltrechas por una voluntad de poder mal entendida, acecha a todos por igual. Para librarse de este enredo los liderazgos que sobresalen en el lote opositor deben recuperar el apetito de porvenir. La paradoja que envuelve al oficialismo consiste en que, a fuer de fabricar un discurso volcado a la juventud y al futuro, se empantana día tras día en terreno conservador: profundiza con denuedo políticas económicas y sociales sin atacar las causas que las erosionan desde adentro. De este modo, se está elaborando una suerte de Indec electoral que esconde bajo la alfombra una acumulación de errores prontos a cobrar debida cuenta.
Esta situación reclama un liderazgo convocante sobre la base de tres pactos simultáneos con la ciudadanía: un pacto republicano para recuperar las instituciones de nuestra Constitución; un pacto de confianza que deriva de los atributos de esos liderazgos para estrechar vínculos con la sociedad y despertar en ella creencias positivas acerca de las propuestas y los propósitos comprometidos, y, en línea con lo anterior, un pacto de progreso con justicia, que permita recuperar el impulso de un desarrollo material y humano ascendente, instalado sobre cimientos sólidos.
Mientras las naciones hermanas crecen más que nosotros, la Argentina no puede seguir estancada en la inmediatez. Tenemos una ciudadanía de corto plazo cuando las exigencias de este mundo globalizado requieren abarcar metas más amplias, inexorablemente ligadas a las cosas concretas y al trajín cotidiano de la ciudadanía. En suma: una visión sugestiva que arraigue, que eche raíces en nuestra vida en común.
Se me ocurre -acaso me equivoque- que nos está cansando sobrellevar el peso de un combate entre abstracciones: luchas por quién se queda con el "relato" cultural; batallas por "modelos" económicos que se juzgan inalterables; antagonismos por construir pasados falsos o por lo menos incompletos. Tras esta querella de palabras persiste, sin embargo, la demanda de liderazgos con partidos, programas y acuerdos de gobernabilidad, dotados de aptitud suficiente para torcer ese rumbo. ¿Será posible que la presión ciudadana opere en este sentido? En rigor, el Gobierno ya sabe qué hacer; aún nos falta la respuesta de las oposiciones para acentuar la marcha hacia la concentración de liderazgos que ya se insinúa.