Malditos peatones: la amenaza de los ciclistas urbanos
Mientras continúa proyecto de bicisendas en Buenos Aires, vemos surgir un inesperado enemigo. Ni taxis, ni colectivos, ni autos: el extraño peligro de los hombres y mujeres de a pie.
El mundo ha vivido equivocado: la amenaza subyacente de las bicicletas no son los autos, los camiones ni los colectivos. Son los peatones. Es, casi, una desilusión. Si los enemigos nos definen mejor que los amigos, pedalear por Buenos Aires no es lo que dicen que es: una aventura de la que sólo sobreviven gurkas al manubrio. Tres horas después de haber iniciado el recorrido por las ciclovías, mi adaptación a la biosfera del transporte porteño fluía como quien va tarareando por la campiña inglesa. Hasta entonces, había coexistido en armonía con automovilistas neuróticos, colectiveros con el sistema nervioso destrozado y camioneros hipocondríacos. El ciclista urbano ya tiene incorporados sus anticuerpos para convivir con los barones de las calles. Sucede en la selva africana: un antílope otea a un león y no se le acerca. La traición es lo insospechado. La felonía es que te atropelle una adolescente en rollers, y no la Ferrari de Fernando Alonso.
Dejo de dar rodeos. Choqué contra un peatón en una bicisenda. Lugar del siniestro: ciclovía de Suipacha, a 20 metros de la avenida Córdoba. Hora: 15.30 de un jueves de marzo. Velocidad en el momento del impacto: moderada, casi aburrida. Visibilidad: óptima, 10 kilómetros. Insultos después del impacto: generosos, recíprocos y hasta divertidos. Parte médico: ninguno, apenas un topetazo de la rueda delantera contra la rodilla del caminante. El daño, en todo caso, fue levemente psicológico, y no en quien sufrió el golpe -un albañil apurado-, sino en quien lo produjo: me sonrojaba haber protagonizado un choque ridículo, hasta que Franco Fugazza, un amigo que pasa tanto tiempo en su casa como arriba de su bicicleta, me consoló con su teoría favorita.
"Mi gran enemigo es el peatón, no el auto. Cuando voy a mi trabajo por la avenida Del Libertador, pedalear por la ciclovía es un estrés, y eso que no hay coches", me dijo, y enseguida me reconocí en la tensión que Fugazza sufre arriba de esa bicisenda, la de Libertador, que no corre a lo largo de la avenida, sino que serpentea por medio de la vereda, con todo lo embarazoso -paseadores de perros, señoras que hacen la compra, abuelitos caminando- que eso supone para alguien que no va de paseo, sino al trabajo. Y desde esa perspectiva, se entiende por qué los ciclistas expertos se oponen a las ciclovías en Buenos Aires y otras ciudades del mundo: levantan una proclama más o menos parecida a "somos bicicletas y queremos bicicletear por la calle".
Diagnóstico: en Buenos Aires -todavía- no hay cultura ciclística. Conclusión: en las bicisendas se infiltra de todo. Dos ejemplos al azar: en Virrey Ceballos, altura avenida Belgrano, hay que eludir un grupo electrógeno; y en Carlos Calvo, esquina Dean Funes, hay que sortear las cuadrillas de Edenor. El cóctel de intrusos se alimenta con volquetes, contenedores, basura acumulada, motoqueros -en especial los temerarios chicos del delivery de la pizza- y, no menos peligrosos, los peatones distraídos, que, al igual que los ciclistas, sólo les temen a los autos y a los colectivos y se descuidan del andar de las bicicletas. Y así fue, en el momento menos esperado, que se desencadenó el choque.
Suipacha, entre Santa Fe y Córdoba, aún permite el tránsito de autos y colectivos, por lo que la calle convive junto a la ciclovía. Es extraño: los vehículos circulan sólo en dirección hacia el Sur, pero la bicisenda permite la doble mano. Y, desentendidos de los ciclistas, los peatones que cruzan la calle sólo miran hacia donde vienen los coches. El tour de Brando venía desde el otro lado y se estampó contra aquel hombre. Patán se habría reído. "Venís en contramano", se enojó la víctima, sin razón, pero razonablemente. "Una amiga holandesa se sorprendió de que las bicisendas de Buenos Aires circulen en doble mano. Me dijo que en Amsterdam son de una mano, justamente para evitar este tipo de accidentes tontos", agrega Fugazza, un Juan Curuchet urbano.
Más allá de ese accidente anecdótico, las ciclovías avanzan y, por primera vez, en Buenos Aires se empieza a hacer camino al pedalear. Todavía no se generan imágenes multitudinarias como esas esquinas de la India en las que, si chocan dos bicicletas, uno cree que puede haber 400 muertos, pero algo se está moviendo. Ni Amsterdam ni Copenhague ni Calcuta, pero cada una o dos cuadras te cruzás con otro ciclista, en especial en las bicisendas de Suipacha, en el Microcentro; de Billinghurst, en Barrio Norte; y su continuación después de Rivadavia, por Virrey Liniers. Hay otras, en cambio, que todavía parecen fantasmales, como las de Carlos Calvo y Rincón, pero la sensación es positiva. "El cambio de conciencia se dará de a poco, en la medida en que la gente se anime y se acostumbre a transitar", se esperanza el subsecretario de Transporte porteño, Guillermo Dietrich. Y es cierto: imponer una ciclovía, disciplinarnos a su uso, no es sencillo ni para quienes, cada tanto, intentamos ver la vida en dos ruedas.
Como Buenos Aires es funcionalmente plana, pero incómodamente grande como para cubrirla de un solo trayecto, la mejor opción para volverse desde el Centro hacia la periferia de la ciudad suele ser el pedaleo hasta las estaciones de Retiro, Once o Constitución. Y allí empieza otra historia subyacente, porque el furgón de un tren es la cofradía oculta de los ciclistas urbanos y suburbanos. Enseguida te sentís entre los tuyos: te bamboleás al lado de un pintor que sostiene su playera fiel, te entretenés con la cantidad de cambios que un oficinista dispone en su Zenith modelo 97 y, bonus track, te distraés con una chica que acomoda su estilo inglesa rodado 26, porque las chicas que andan en bici por la ciudad suelen ser más interesantes que las que se mueven en auto. Y el furgón se circunscribe tanto al universo emergente de las bicicletas que hasta el guarda del tren, el único hombre de a pie infiltrado entre los militantes del pedaleo, improvisa un monólogo de ciclismo: "Ahora con las bicisendas está mejor, ¿no? Igual, el problema es el mismo que antes, que los automovilistas se creen los dueños de la ciudad y te tiran los coches encima, ¿no?", me pregunta. Me dieron ganas de decirle que no.