Para unos es un orgullo de Buenos Aires y para otros, una burbuja de la clase alta sin identidad
De la nada, Nacho tiró: “Puerto Madero podría ser un país independiente”. Me pareció un comentario raro, como fuera de contexto: estábamos con el equipo de fútbol de los sábados comiendo en una parrilla de Costanera Sur y podíamos ver todo el barrio a lo lejos.
“Fijate que acá ya tienen policía propia, cámaras de seguridad por todas partes y un trencito interno, falta que lo conviertan en un paraíso fiscal y te aseguro que declaran la independencia. Levantan los cuatro puentes que los vinculan con la Ciudad y chau”, insistió. “No, pará –intervino Manteca (nuestro arquero)–, Puerto Madero es un orgullo para Buenos Aires ¡Qué digo para Buenos Aires: para todo el país! No lo podemos perder”. Un brillo malicioso iluminó los ojos de Nacho y, ahí entendí su trampa: Manteca se convirtió en la presa perfecta para el tipo de discusión que más le gusta: social y urbana.
“Así que vos compraste toda esta escenografía ¿Nunca te diste cuenta de que le falta diversidad social y conflicto para ser una ciudad real?”. “A nadie le gusta el conflicto, los piquetes y las tomas”, agregó Gastón. “Sí, pero existen y para formar parte de una ciudad hay que aceptar la mezcla social y de usos, la posibilidad de tomar un colectivo que te lleve a otro barrio o de cruzarte con gente que piensa distinto”, explicó el Gallego, sumándose a la discusión. “Esto nunca va a ser un barrio –gritó Nacho–, no tiene identidad ¿Qué club de fútbol lo representa? ¿Defensores de Puerto Madero? ”. “Lo único que falta es que ahora estos tipos digan que Puerto Madero está mal”, se quejó Gastón.
Me pareció el momento de poner paños fríos y decidí hacer una reflexión. “La verdad –dije–, como desarrollo urbano, Puerto Madero es ejemplar. Pocos casos internacionales lograron un similar crecimiento en menos de 22 años”. Quise seguir explicando que todo comenzó por concurso y que un equipo de urbanistas y arquitectos le dio forma al proyecto definitivo en 1992, pero nadie me escuchaba. El Gallego machacaba con que en Puerto Madero no hay cabida para pobres, para clase media baja o media a secas. Que se convirtió en una isla de clase alta y corporaciones con restaurantes para turistas. Nacho insistía que era una ficción. La contra los tildaba de rebuscados y envidiosos. “Hay que tener en cuenta que el plan original preveía lotes más chicos y, al final, se vendieron las manzanas enteras, lo que le quitó variedad y heterogeneidad”, expliqué para orientar el debate al terreno teórico.
La verdad es que los diseñadores de Puerto Madero imaginaron que, junto a los diques, iban a desarrollarse departamentos para profesionales y artistas que compartieran su vivienda con el espacio de trabajo. Ese paisaje social le hubiese dado dinamismo a la calle y variedad de usos. También habría colaborado que en las plantas bajas de los edificios recalaran supermercados chicos, quioscos y negocios de uso diario. Pero la necesidad de vender rápido generó grandes edificios.
“A mí lo que me mata es que Puerto Madero se convirtió en una burbuja del bienestar, en un simulacro de ciudad que reivindica la plaza y la calle pero con segregación social”, explicó el Gallego y agregó: “Si hasta le pusieron nombres de mujeres a las calles para ser más políticamente correctos”. Ahí recogió el guante Gastón y explicó que los fines de semana, la gente inunda sus parques sin distinción de clases o credos. “¿Decime si no es bueno aportar parques o recuperar el río para la ciudad?”, preguntó. El debate siguió. Cuando terminamos el café, alguien propuso ir a caminar por Puerto Madero. La mayoría se excusó porque no tenía la pilcha adecuada.