Demasiados intereses contrapuestos y enfrentamientos históricos rodean a los actores del diálogo social que a partir de hoy intentará convocarCristina Kirchner. Reiteradas experiencias de fracaso atentan contra este espacio de acuerdos entre sindicalistas y empresarios que se dispone construir la Casa Rosada. Muchos silencios o estrategias ocultas se esconden detrás del llamado que hizo la Presidenta y que se cristalizará desde hoy en encuentros por separado que habrá con la CGT y con los empresarios.
Por todos estos motivos hay más certezas que dudas tanto en la UIA como en la CGT de que el diálogo social finalmente se convierta en un nuevo sueño destinado al fracaso. No será la primera vez que ocurre esto en la gestión kirchnerista. Desde que Néstor Kirchner gobernaba el país y en los primeros tiempos de Cristina Kirchner, en 2007, el diálogo social fue una sucesión de buenas intenciones que terminaban naufragando. En el mejor de los casos los actores salen más heridos de lo que estaban antes de sentarse a la mesa. En el peor de los casos se abona mayor incertidumbre en el horizonte socioeconómico. En enero último, cuando hubo un nuevo ensayo de negociaciones desde el Gobierno, tanto en la CGT como en la UIA coincidieron en un solo punto: No quisieron quedar atados a acuerdos que tengan relación directa con los efectos en la inflación, la emisión monetaria o la conflictividad social.
La estrategia que encaró la Presidenta esta vez es diferente a la de otros tiempos: convocó por separado a unos y otros sectores en pugna. Hoy a las 17 le tocará el turno a la CGT con Hugo Moyano a la cabeza. Pasado mañana la cúpula de la UIA será la que visite a la jefa del Estado. Como si esta receta fuera un antídoto seguro para garantizar mejores resultados. En tal caso es la muestra práctica de la incapacidad por alcanzar el diálogo directo o es la negación misma a ejercer un debate a fondo.
La CGT llega a la Casa Rosada con un reclamo resistido desde el empresariado y avalado por la Casa Rosada. Se trata del proyecto de ley de reparto de ganancias entre empresarios y trabajadores que promueve Moyano. Ayer, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, avaló la propuesta cegetista. ¿Una muestra por adelantado de la parcialidad con que encarará el gobierno estas negociaciones? Los sindicalistas también llevan bajo el brazo los pedidos por más fondos para las obras sociales y las asignaciones familiares. Pero hay acuerdo interno en la CGT en no excederse en los reclamos para mostrar un alineamiento automático con el Gobierno y evitarle dolores de cabeza a la Presidenta. Esto es, no tocar por ahora el tema de aumentos salariales.
El empresariado se resiste al pedido de la CGT de reparto de ganancias con los trabajadores y el pesimismo se extiende en todos los frentes. También hay resistencias al diálogo por laintromisión estatal en el directorio de las empresas y estará en la mesa el eterno reclamo de aumento de tarifas en las empresas de servicios. El optimismo no es una postal del empresariado en estos días. El propio presidente de la UIA, José Ignacio de Mendiguren se mostró escéptico de los resultados del diálogo: "No creo que en un período electoral pueda haber pacto social", dijo. No sólo eso. También acotó que le gustaría ver a un Moyano con menos poder.
¿Es posible que el Gobierno no haya evaluado todas estas variables a la hora de convocar al diálogo social? ¿O será que la Presidenta sólo busca un acuerdo superficial y liviano entre sectores en pugna para evitar, como dijo la semana pasada al lanzar esta convocatoria, que "la conflictividad no arruine el modelo"? ¿Qué pasará si una vez más fracasan las negociaciones? ¿Quiénes serán los culpables y quiénes las víctimas? ¿Habrá flexibilidad de posturas? ¿Y si todo fuera un artilugio del Gobierno para frenar el poder de Moyano? ¿Y si todo fuera un plan para distraer a los empresarios de los fantasmas que acechan a la economía? Nada de esto sería extraño. Después de todo, la Argentina percibe el largo plazo o las políticas de Estado como sueños eternos y el fracaso del diálogo aparece como un ejercicio constante en la gimnasia política.