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Victoria del agua

Las cataratas del río Zambeze, consideradas entre las siete maravillas naturales del mundo, son sólo el comienzo de la aventura en la sorprendente Zambia

Victoria del agua
LIVINGSTONE.- Entre la bruma, cuando el agua cae con menor intensidad -de septiembre a enero- suele verse una hilera de elefantes en la cima de las cataratas Victoria. La imagen es digna de un cuadro de Dalí. Los animales cruzan el río Zambeze hasta una pequeña isla, donde una acacia autóctona intenta cubrirlos sin éxito del perseverante sol africano, y siguen de trompa hasta alcanzar su meta: unos matorrales bien frescos del otro lado de la frontera con Zimbabwe, que serán su banquete antes de encaminarse nuevamente a la neblina.

La fauna se luce en los alrededores de Livingstone, pequeña localidad del sur de Zambia, más aún combinada con las cataratas que conforman el mayor atractivo turístico del país. Las primeras cifras para describirlas -108 metros y 1,71 kilómetros- las ubican entre las más llamativas del planeta, aunque no alcanzan a explicar su energía, que empieza a sentirse apenas uno arriba el pueblo.

A 10 km del salto, Livingstone ofrece un par de mercados -el Maramba, de verduras, más interesante que el de artesanías-, un museo dedicado al explorador David Livingstone y un puñado de calles respaldadas por la cortina de agua. Parece humo, pero son gotas que se elevan por la fuerza de hasta 7 millones de metros cúbicos que caen por segundo, generando una columna blanca de más de 200 metros.

Creyentes, místicos o por completo agnósticos, todos se rinden ante un fenómeno natural que los habitantes originarios denominaron Mosi-oa-Tunya: el humo que truena. El sonido parece el rugir constante de un león herido.

Llegamos en avión desde Johannesburgo, Sudáfrica. Muchos viajeros que recorren el continente lo hacen por ruta, vía Zimbabwe, o vuelan desde Lusaka, capital de Zambia.

Tras el paso por Livingstone, una lancha nos deja en un paisaje impensado, más cerca aún de las cataratas: es uno de los hoteles -el Royal Livingstone- en el Parque Nacional de Mosi-oa-Tunya, creado para preservar la región junto con el Parque Nacional de las Cataratas Victoria, en Zimbabwe.

La recepción es en un muelle, con tragos y canapés, mientras ocho cebras dan vueltas por un enorme jardín de pasto cortito. La propiedad, inmensa, de estilo colonial, está junto a una parte calma del Zambeze, río especialmente valorado en este país sin salida al mar. La nube que generan las cataratas ahora se ve a doscientos metros, justo donde empieza el precipicio.

El turismo de lujo prima en estas tierras castigadas como casi todo el continente. Los habitantes lo toman con tranquilidad, tal vez porque la mayor parte de los ingresos, al menos en esta zona, llega por los viajeros. Es una fuente de empleo que crece lentamente y además ayuda a conservar la fauna, ya que la actividad se mantiene dentro de áreas protegidas. Zambia tiene una veintena de parque nacionales y al menos 30 reservas privadas destinadas a la realización de safaris fotográficos.

Del hotel a las cataratas se puede llegar de a pie. El circuito comienza en la estatua de Livingstone, que descubrió el salto de agua en 1855, cuando los tongas ya le atribuían poderes sanadores y le rezaban a Nyami Nyami, dios de estas aguas dulces.

El sendero se adentra en la jungla y en pocos minutos deja a los visitantes cara a cara con la cascada más ancha del mundo. El agua ingresa en un cañón zigzaguente y avanza por debajo del gran puente Cataratas Victoria, un hito de la arquitectura que une Zambia con Zimbabwe. Ideado en 1900 por el colonizador Cecil John Rhodes, que soñaba con cruzar por allí en ferrocarril ("quiero sentir el spray de las cataratas dentro de los vagones"), el hombre no llegó a verlo porque falleció antes de su inauguración, en 1905.

También murieron dos operarios durante la obra. Aún creen muchos pobladores que ese destino trágico fue parte del equilibrio natural y una especie de sacrificio divino a los ocho dioses de la zona, ya que un trabajador era negro y el otro, blanco.

El puente es también uno de los íconos mundiales del bungee jumping . A mitad de camino de la estructura metálica, a 110 metros, se lanzan los turistas más fronterizos en busca de emociones fuertes. Ellos quedan colgando en un paisaje, que visto boca abajo debe ser todavía más absurdo. Los gritos no logran oírse, pero es fácil imaginarlos.

Cuando disminuye el caudal del río, otro atractivo para aventureros son las Devil's Pools o piletas del diablo. A centímetros del precipicio es posible bañarse en pozones de un metro de profundidad y llegar en medio de la corriente hasta el borde del abismo. Cuesta imaginar cómo descubrieron estos pozones o, al menos, quién se zambulló primero y vivió para contarlo.

También es intenso, aunque para todo público, atravesar el puente Knife dentro del circuito tradicional. Es un cruce de unos diez metros que permite sentir en el cuerpo la fuerza de las cataratas, ya que atraviesa la bruma y cubre de agua a los visitantes. Al menos en la temporada más caudalosa -de marzo a mayo-, uno termina empapado, pero feliz. Lo mejor es ir en ropa liviana y brindarse sin preocupaciones a la fuerza de la naturaleza.

Los que llegan en zapatillas pueden alquilar sandalias de plástico por un dólar, a mitad del recorrido, antes de sumergirse de lleno en la parte más húmeda del circuito. También por un dólar se pueden comprar artesanías, aunque ese precio de oferta es más bien una argucia para que los viajeros ingresen en los locales del mercado, al final del circuito. Los vendedores aplican toda su simpatía para no dejar ir a los clientes con las manos libres.

Al final de la jornada retornamos a las cataratas para una visita nocturna. El paso está cerrado, pero lo abren sin problema; el único guardia nos acompaña hasta uno de los miradores, para disfrutar desde ahí de una de las siete maravillas naturales del mundo, esta vez sin arco iris, pero bajo la luna llena.

Atardecer en el río
Parte de la propuesta de alta gama a los turistas es hacerlos sentir como aquellos viajeros que recorrían el continente para hacer negocios o conocer lugares exóticos, cuando las colonias eran prácticamente indiscutidas. El viaje se convierte así en una suerte de recreación, con un dejo de glamour de un siglo atrás y aires de melancolía, aunque no de nostalgia.

Hay paseos especialmente ambientados, como el del expreso Royal Livingstone (ver recuadro) y el barco The African Queen, que hace un paseo por el Zambeze. Se trata de un catamarán sin ventanales para 120 pasajeros, que son recibidos en el muelle Royal Landing. Los nombres remiten a la realeza, pero todo es muy relajado. Un pequeño cartel da la bienvenida: Los matrimonios concretados por el capitán son válidos únicamente por el lapso del viaje . Los sonidos de las marimbas, típico instrumento de percusión, acompañan la partida.

El catamarán va contracorriente -hacia el otro lado sería peligroso, por las cataratas- en un tramo manso y con muchos habitués, entre ellos dos hipopótamos. Las bebidas son libres y varios snacks se sirven antes del momento más esperado: el atardecer. El sol naranja se esconde justo sobre el río y los viajeros, ya muy alegres, aplauden, cantan y toman (también) fotografías.

En el río suelen realizarse actividades de rafting: hay rápidos de grados 3 y 4, aunque en zonas con pocas piedras, de manera que no hace falta ser experto para participar. Otro de los paseos muy buscado es en helicóptero. Hay vuelos de 12 a 15 minutos, sobre las Victoria Falls. La nave da tres vueltas a las cataratas, cada vez a menor altura, para tener distintas vistas que pueden registrarse fácilmente: los Eurocopter utilizados tienen grandes ventanales y suelo transparente. Atravesar la bruma y tal vez un arco iris es el mejor final de un viaje sorprendente.

Por Martín Wain
Enviado especial

Sábado 30 de abril de 2011

Fuente

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